TUCUQUERE VUELVE A LA LUCHA…
Alejandro Díaz
Apareció un día de éstos…silenciosamente…probablemente recordando que sus antepasados miraron con asombro la llegada de Pedro de Valdivia y la instalación de su primer campamento. Probablemente vieron uno que otro beso de la ilícita amistad de éste con Inés de Suarez. Su condición de vigilante nocturno lo habilitó para observar los desplazamientos de las turbas que tanto miedo causaba a los señores de la colonia…Más tarde… la Huelga de la Carne de 1905 le hizo agitar sus alas despavorido frente a tanta matanza…Una vez se posó en la ventana de la legación argentina y sus grandes ojos absorbieron la imagen de un presidente que se destapaba la cabeza de un balazo. Otros le dijeron que en Concón y Placilla se habían congregado cazadores de cabezas.
En 1829 había estado en Lircay cuando los campesinos del Biobío y los mapuches se habían enfrentado a los pelucones del norte. Incluso había acompañado a una gavilla, que desde Chillán se había enmontañado para siempre. Les siguió con vuelos rasantes hasta que traspusieron la cordillera en dirección a la Patagonia. A lo lejos observó que unos se habían convertido en gauchos y otros…en indios ranqueles. Nunca más los volvió a ver.
Desde esa época le costaba cada día mas llegar a sus árboles preferidos. Unos años se los cortaron y sus vuelos debían cruzar, sin respiro, el pueblo que se agrandaba cada día más y más. Desde el sur, enfilaba por el canal San Carlos, cuando venía desde San José de Maipo y se paraba en el primer descanso…aquella palmera de Claudio Gay, allá abajo ¿en la calle cueto? Miraba extrañado la cabeza gacha de un anciano escribiendo en la pérgola, rodeado de buganvilias. Era el atardecer y el debía cumplir su labor de limpieza
No se sabe si alguien lo vio cuando el pueblo demandaba una nueva constitución en 1925 y el Alessandri del cielito lindo les contestó que eso era tarea de hombres jurisconsultos. Algunos dicen que si lo vieron cuando Pedro Aguirre Cerda estableció que la ciudad letrada debía avanzar hacia todos los pueblos…desde ese momento, en sus aleteos crepusculares, se encontró con frecuencia a mujeres huerteras y hombres de poncho y ojota con niños que hurgueteaban cuadernos y lápices. En algún liceo del sur, la Mistral observaba unos poemas de un niño ferroviario que cantaba a los aromos floridos de Loncoche.
Una vez…una marcha de jóvenes irrumpió por la mañana. Se posaba en el árbol más alto del parque Cousiño y pacientemente escucho… aplausos y vítores y alguien que agitando una mano decía “¿eran 12? ¿Eran 20? Escucho que “…ellos llegaban flanqueados por dos compañeros: la cordillera y el mar que nunca abandonan al chileno. Somos la patria joven”…desde ese momento se acostumbró a ver muchedumbres en las calles…ya no serian pocos… serian miles. Y cada año aumentaban. Y fueron tantos que un día se volvió a parar en un balcón y atento escucho por la radio lo que un hombre decía “Me dirijo, sobre todo, a la modesta mujer de nuestra tierra, a la campesina que creyó en nosotros, a la abuela que trabajó más, a la madre que supo de nuestra preocupación por los niños. Me dirijo a los profesionales de la Patria, a los profesionales patriotas que siguieron trabajando contra la sedición… Y luego voló entre el humo y metralla…
El otro día se paseo desde el árbol 1 al árbol 3 del paseo ahumada y desapareció…su imagen adorna cientos de celulares…pero algunos dicen que un día volverá para quedarse…
Alejandro Diaz

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