UNA MUY BUENA RESEÑA Y  DEBATE 

DE UN TEXTO CLASICO DE GRINOR ROJO


Puntos de Fuga (desde Grinor Rojo)
Pérez Villalón, Fernando.
 
 
El autor cursa actualmente el programa de Master/Doctorado en literatura comparada en la Universidad de Massachusetts at Amherst.
«Tengo todavía sin leer el libro reciente de Grínor Rojo sobre la crítica, y no tengo tiempo por ahora para sentarme a mirarlo con cuidado, ¿te lo presto?»
Así llegó Diez Tesis sobre la Críticaa mis manos. Lo leí rápido, en un par de días, seguramente con menos detenimiento del que se merece, pero en constante discusión con él, en esa discusión a la que todo libro serio invita. No sé bien en qué momento decidí escribir la discusión, seguramente estaba decidido ya cuando le respondí que sí a mi amiga, que me lo pasara.
Pensaba en un principio titular este texto «Diez antítesis a Grínor Rojo», cuando era todavía ni siquiera un borrador, sino apenas un puñado de frases sueltas que se me venían a la cabeza durante la lectura de su libro: objeciones, concordancias, dudas y alegrías repentinas. Sin embargo, al anotarlas me di pronto cuenta de que el título no convenía, porque los fragmentos que siguen no tienen tanto que ver con las diez tesis que Rojo propone, sino más bien con la manera en que las articula, con lugares de su libro que me invitan a reaccionar. Son, entonces, sobresaltos de lectura, puntos en el texto que me punzan, que me pinchan, que me impulsan a escribir. No se trata, por tanto, aquí de una discusión con las propuestas generales del libro, en general impecables (Rojo se mueve con seguridad impresionante, tal vez única en Chile, entre una cantidad enorme de bibliografía acerca del tema), sino de una profusión de puntadas sin más hilo que el azar de una lectura.
(Echo de menos en el texto, con urgencia, un índice analítico/onomástico, que ayudara a recorrerlo de otros modos y a encontrar en él lugares que se escapan en la lectura lineal, a descubrir sus ejes e insistencias: las reiteradas menciones, por ejemplo, de Bajtín, en muy diversos contextos, o la serie de alusiones a Lacan, o los reproches sucesivos a Foucault, pero también los comentarios con respecto al tema de lo estético, la ideología o la modernidad…)

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El libro de Rojo propone un recorrido por diez proposiciones con la esperanza de que ellas, según afirma el prólogo, puedan «aprovecharse como elementos de juicio cuando se intente confeccionar el panorama de las tendencias que caracterizan la etapa actual en la historia de la disciplina» (7-8). Se trata, entonces, de una puesta al día, la presentación de una propuesta que nos permita ubicarnos mejor tanto en el ámbito global como en el escenario de lo inmediato (por eso la alternancia a lo largo del libro de referencias a los grandes relatos teóricos predominantes en los centros culturales con referencias a polémicas y debates más locales, respuesta o eco de los otros). Pero Rojo no propone sólo un mapa para no perderse. Su libro es también un viaje, un recorrido de las zonas que describe, y es más por ahí que, como dije, me interesa comentarlo. Esta alternancia entre presentación impersonal de grandes líneas teóricas y opinión crítica de ellas es sin duda uno de los rasgos más notables del libro. Como dice el prólogo, «pudiera ser que la única cosa en la que estamos hoy de acuerdo los críticos chilenos de mi generación [y la siguiente, agregaría yo] sea la imposibilidad de desembarazarnos del sujeto que somos. Hablamos para dar en el clavo y para equivocarnos con toda la falibilidad que es inherente a la testaruda incerteza de nuestro trabajo.» (8)

Al inicio del capítulo en que desarrolla su tercera tesis, Rojo supone que al lector «adiestrado en el pensamiento crítico de antes de ayer» le resultará escandalosa la puesta en cuestión de la autonomía de la obra literaria. Creo que allí Rojo se equivoca de «lector implícito». Quienes no ponen en cuestión la autonomía de la obra literaria, aquellos que se escandalizarían con una afirmación de ese tipo, aquellos que se nieguen a ponerla en cuestión, probablemente no lean su libro o, si lo leen, probablemente no lo entiendan (y por último, si lo entienden, no tienen por qué escandalizarse, ya que la propuesta es sumamente razonable). Rojo, me temo, escribe demasiado en pasajes como éste contra las dos o tres generaciones anteriores de críticos literarios, en vez de escribir para la generación siguiente, hacia otras generaciones, como debería hacerlo. Y, para bien o para mal, la generación de críticos jóvenes no se escandaliza con ese tipo de afirmaciones (a decir verdad, a la generación de críticos más jóvenes cuesta escandalizarla). Por otra parte, creo que para quienes ya definitivamente no le creen ni un poquito a los formalistas rusos, a Wellek o a los New Critics cuando proponen que el objeto de un estudio literario es «la obra en sí», su aporte se vuelve también valioso de otro modo, como síntoma de una época distinta de la nuestra, como parte del intento, comprensible en su contexto, de delimitar a los estudios literarios como disciplina autónoma. Ello era entonces también una arriesgada rebelión contra quienes supeditaban la literatura a la historia, la sociología o la mera filología. Intentar mirar la obra en sí misma, aislándola de su contexto y sin considerar la biografía del autor ni las características del tiempo en que fue escrita les sirvió a los estudiosos y estudiantes de literatura para aprender a conocer más de cerca cómo funciona una obra, para encontrar un lenguaje que hoy en día nos permite describirla con cuidado y precisión, y en última instancia fue un gesto que llevó solito a su superación. A esta tradición de formalismo autonomista, Rojo opone una conciencia de las determinaciones que dialogan con la obra literaria. Se me ocurre que sería interesante oponerle tal vez, no tanto la dependencia de una serie de factores, sino una radical heteronomía, la ajenidad (la otredad, heterogeneidad) de una ley (nomos) cuyo contenido no sabríamos determinar. ¿No serían la traducción (zona que Rojo trabaja muy poco en su libro) y la lectura (que sí se menciona bastante) un excelente ejemplo del modo en que opera esta ley?

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Especialmente interesante resulta en el libro de Rojo la situación del problema de la autonomización del arte en la tradición de los grandes pensadores de la historia de la filosofía contemporánea, Hegel y Kant, en tanto que principales artífices de la delimitación del ámbito de lo estético como independiente (que hace posible, por cierto, todo formalismo). Es importante, eso sí, recordar que la tercera crítica kantiana (Crítica del juicio), donde se aborda el tema del arte, se plantea en cierto modo como un puente entre las otras dos, que se preguntan respectivamente «¿Qué puedo conocer?» y «¿Qué debo hacer?» (disculpen los kantianos serios lo irresponsable del resumen, for the sake of the argument). Es posible, por tanto, leer en el mismo texto en que se apoya la tradición formalista y autonomizante un intento por vincular el arte con los ámbitos moral y epistemológico sin reducirlo a ellos, casi podría decirse de aprovechar la insituabilidad del arte para relativizar la distinción entre uno y otro ámbito. Rojo expone muy bien los méritos e inconvenientes de la lectura hecha por Schiller de la filosofía kantiana, pero uno se queda con la duda de si en Schiller se agotaron los posibles abordajes al problema. Saber esto es de importancia indiscutible en el momento actual, en que se tiende a arrojar por la borda apresuradamente la categoría de lo estético en pro de los estudios culturales, o bien, por el contrario, a defenderla aislándola impermeablemente (lo que acaba por volverla tan inofensiva que pierde toda radicalidad). Por suerte, Rojo en esto no cae en tan burdos extremos y sabe presentar equilibradamente los pros y los contras de uno y otro enfoque (aunque uno se pregunta, a ratos impacientemente, qué es lo que al fin y al cabo él opina al respecto).
Estoy de acuerdo con Rojo en que la obsesión por delimitar el propio campo tiene algo de ridículo y sobre todo no poco de irritante, como de gesto de dueño de fundo que defiende su predio, o de artificiosa justificación de las fronteras de un país. Por otra parte, la pregunta vuelve una y otra vez a lo largo del libro: ¿es derivar hacia el estudio de la cultura como conjunto la única o la mejor salida del impasse teórico presente? ¿Tiene lo estético aun algo que decirnos?

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Otro de los temas que le penan (hantent, haunt) todo a lo largo del libro a Rojo es el de los horizontes abiertos por el pensamiento derridiano a los estudios literarios. Me preocupa, sin embargo, la insuficiente distinción entre el pensamiento de Jacques Derrida y sus consecuencias en la enseñanza literaria norteamericana (a través de la Escuela de Yale, entre otras). Esta oposición tiene que ver en gran medida con diferencias entre el sistema académico europeo y el norteamericano, diferencias que es urgente pensar para ver qué hacemos con nuestro sistema académico, con nuestra escritura crítica. Paul de Man, en la entrevista con Stefano Rosso con la que concluye su Resistencia a la teoría, se refiere acertadamente al tema (y la importancia de sus opiniones tiene no poco que ver con el hecho de que es a él a quien se debe en gran medida la gran popularidad de Derrida en los EEUU). Más que intentar resumir aquí el tema, me parece importante señalar algunas vías a las que es imprescindible estar atento si se aborda el tema. Edwin Gentzler, en su Contemporary Theories of Translation, da mucho en el clavo cuando dice que a los desconstructivistas norteamericanos les falta la «playfulness» (capacidad lúdica) que tiene Derrida. En los Estados Unidos se ha leído a Derrida sobre todo el studium, lo que dice. Pero en Derrida el cómo decir es igual de importante, o más bien, su pensamiento se pregunta si es posible separar cómo de qué al decir, y que se pierde al pretender que sí. Cuestión de ritmo y de estilo, diría su alumno chileno Patricio Marchant, apoyándose en Nietzsche.
No se encuentra en los lectores norteamericanos más destacados de Derrida (Culler, De Man, o Spivak, por nombrar a tres muy diferentes) casi nada del estilo derridiano, muy ligado al pensamiento de Heidegger (de quien proviene, por cierto, el término “desconstrucción”). Es otra vez un tema vinculado con la traducción. No se trata de afirmar que es preciso comprender a Derrida sólo en francés, sino más bien que nuestra traducción al español de su pensamiento no tiene por qué ser tan fome como la anglófona. Habría que leer también a pensadores que dialogan con la obra derridiana desde otras tradiciones que no sean la angloamericana, por ejemplo a Jean-Luc Nancy y Philippe Lacoue-Labarthe, cuyos trabajos sobre la relación entre literatura, política y filosofía aportarían mucho al debate que plantea Rojo. En esta misma dirección, conviene recordar que el término «postestructuralismo» para referirse a Derrida, Foucault, Deleuze, el Barthes tardío y varios otros pensadores franceses vinculados de uno u otro modo a la literatura es una invención de la academia norteamericana, no necesariamente muy afortunada…

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Escribe Rojo: «…si la casa simbólica que existe no nos place, en cualquiera de sus cuartos o en la reunión de todos bajo un sólo techo, lo que corresponde no es quedarse sin casa sino edificar una nueva. No perpetuarse en el mientras tanto preedípico, en el de la subalternidad y el margen, donde previsiblemente no existen ni el espacio ni el tiempo, donde todo es puro «borde», puro «intersticio» y pura «fluidez», sino seguir investigando en las oportunidades que nos brinda el ancho mundo hasta encontrar en él (o hasta expropiar en él) un sitio idóneo sobre el cual levantar un mejor domicilio.» (142) Me pregunto yo: ¿Por qué no prolongar, en cambio, la precariedad y provisoriedad, por qué no estar un rato más a la intemperie? Sería absurdo, por cierto, proclamar el advenimiento de una permanente provisoriedad, una precariedad eterna (aunque el oxímoron no suena mal). Pero me pregunto si hay apuro por hacernos una casa, si no es mejor experimentar a concho la unheimlichkeit, lo inhóspito y homeless, durmiendo donde se pueda, bajo cualquier techo, sans domicile fixe, amparándose en lo que se pueda. Crítica nómade, apátrida, es cierto, pero crítica también callejera, callejeante y andariega.

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Da vueltas en el libro el tema del lector, de la lectura. Me pregunto si no se podría pensar al lector como ese afuera radical del texto y de la discursividad que Rojo echa de menos por momentos, tal vez la Ley del texto mencionada más arriba. «Cisnes aún más tenebrosos y singulares que los buenos autores», los llama Borges, y agrega «Leer, por lo pronto, es una actividad posterior a la de escribir: más resignada, más civil, más intelectual», como para suavizar el palo, como escondiendo la mano tras tirar la piedra. No se trata, justamente, de estudiar al lector como implícito o incluido en el texto (Rojo se ríe acertadamente de la proliferación de nombres para meter al lector en el estudio de la obra con los que la crítica de la recepción nos abrumó en algún momento). Se trata de pensarlo como lo que le falta el texto irremediablemente, lo no controlable ni apropiable en todo texto. Por otra parte, lejos de pensarse al lector como ese ser libre de hacer lo que se le antoje con la interpretación de un texto que postulan los postmodernoides, sería interesante pensar al lector como igualmente heterónomo, obligado, escrito por el texto, por los textos que descifra. Eso queda por hacer.

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Hacia el final del libro, escribe Rojo: «Con el fin de lograr lo anterior [dejo al lector metido acerca de qué es lo anterior], la semiótica (desde Peirce y Saussure en adelante), el nuevo psicoanálisis (Lacan et al), la desconstrucción (Derrida o los críticos de Yale), el recepcionismo (éste en sus dos o tres especies, la norteamericana de Fish y Holland y las europeas de Jauss, Iser y Eco), el bajtinianismo (un bicho interesante, pero escurridizo) y la teoría de la ideología, a partir de Althusser, de los neomarxistas (Jameson, Eagleton), de los neohistoricistas (Greenblatt, Montrose), de los neoculturalistas (de Williams y Said a Hebdige y Hall), de los neogramscianos (Laclau, Moffe y Bennett, el tercero antes e incluso después de su conversión al evangelio de Foucault), de quienes teorizan los discursos de género (Showalter en Estados Unidos, pero también las teorías francesas y las latinoamericanas cada vez más despiertas e incisivas) y de quienes teorizan los discursos postcoloniales (Spivak, Bhabha), son unas cuantas de las ofertas que el mesón teórico contemporáneo pone a nuestra disposición.» (143-144) Este párrafo sintetiza tal vez mejor que ninguno las virtudes y problemas de su libro. La lista está bien ordenada, es razonablemente exhaustiva, y hacia el final del libro ya sabemos que el autor se la ha leído y no la cita por jactarse. Sin embargo, al leerla pegué un salto. Me asusta eso de las «ofertas que el mesón teórico contemporáneo pone a nuestra disposición». Me suena demasiado a Mall, a ideología del libre mercado como ámbito de libertad en el consumo, a «elija su teoría como quien elige marca de auto». Ahora bien, por supuesto que no es eso lo que Rojo cree, o por lo menos no lo que su libro nos propone (de hecho, otro de los hilos conductores es la crítica al capitalismo y sus ideologías). Sin embargo, el peligro de que se lo escuche así no es poco, y habría sido bueno subrayar que no se elige una u otra teoría impunemente, que nuestros lentes teóricos no sólo tiñen lo que vemos de uno u otro color, sino que también generan puntos ciegos, nos limitan y que, como dije más arriba, nos escriben. No se trata, entonces, de situarse en un afuera de la teoría, previo a ella, y de ver qué teoría nos vendría bien, sino de estar atento a lo que nuestros modos de leer implican como opción y al sesgo ético que esa opción nos infiere. Ahora bien, también se escucha en la frase de Rojo una metáfora menos siniestra, vinculada al apetito y la glotonería saludables. El mesón teórico es también la mesa de un banquete al que los latinoamericanos llegamos tarde, lo que nos permite comer de todo sin orden ni concierto, probar todos los platos y todos los vinos. El libro de Rojo es un inmejorable testimonio de voracidad teórica de esa que se encuentra sólo en las zonas periféricas, esa antropofagia de que hablan ciertos traductores brasileños.
Sigue a ese pasaje una diatriba contra las camisas de fuerza en las que sus predecesores en el ámbito de los estudios literarios se aferraron, imitando fetichistamente cuanta teoría nueva había, y aplicándola con rigidez intimidante (y esta metáfora de la camisa de fuerza había aparecido ya en Dirán que está en la Gloria…). Rojo, por suerte, no suscribe la ingenuidad de que debemos tener nuestra propia teoría y de que importarlas es sinónimo de dependencia. Sabe que lo propio no se reconoce nunca si no es en diálogo con lo ajeno, y sabe que no es posible retornar a una inocencia primigenia. Recomienda, entonces, vestirnos con lo que nos acomode de las modas extranjeras y dejar de lado lo que no nos quede bien, o nos impida movernos. No me resisto a preguntarme si no convendría a la vez un cierto elogio de la desnudez, ya no como inocencia originaria (ilusión rousseauniana), sino como aquello que aparece al despojarse del vestido, al arrojar las ropas, o mejor, como aquello que todo vestido deja ver al entreabrirse. Como decía el poeta brasileño Oswald de Andrade, es una lástima que cuando llegaron los españoles estuviera lloviendo, pues vistieron al indio. Si hubiera habido sol tal vez se hubiera desvestido el español. Es verdad que la desnudez puede ser impostura, como en esa vieja historia del emperador y de su traje nuevo, pero, como agrega Caetano Veloso, tal vez todo calla frente al hecho de que el rey desnudo es más bonito.

Santiago, agosto 2001.
Alejandro Diaz

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