DEL   CENTENARIO    AL    BICENTENARIO:
RECUERDOS DE UNA CRÍTICA SOCIAL
Alejandro DIAZ.
Doctor en Estudios Latinoamericanos, U Chile.
RESUMEN.
Este artículo, visita una vez más un ensayo de crítica social aparecido en el año 1910, Sinceridad Chile Intimo 1910.Su autor, Alejandro Venegas, fue profesor de la primera generación del Instituto Pedagógico, egresada entre los años 1892 y 1893. Se sostiene que el ensayo de Venegas, es la culminación de un tipo de crítica social, fundada en el despliegue individual de una responsabilidad ética, que es una auto construcción de algunos intelectuales de aquella época frente a la sociedad. Y que ésta responsabilidad, es el resultado de un campo cultural desplegado y vivido como una cruzada laica de humanización de las relaciones sociales del país. Las visitas sucesivas al ensayo del Dr. Valdés Canje (seudónimo que utiliza Venegas en este ensayo), dan cuenta de las continuidades de la cuestión social en Chile, que lejos de resolverse, reverberan en la memoria y en la subjetividad social del país.
ABSTRACT
This article, visit once more a social criticism trial appeared in 1910, Sincerity Chile Intimate 1910.  Alejandro Venegas, the author, was Professor of French in the first generation of the Pedagogical Institute graduate in the years 1892-1893. Argues that Venegas essay is the culmination of a type of social criticism, founded in the individual deployment of an ethical responsibility, which is a construction play of some intellectuals of that epoch opposite to the society. And that this responsibility, is the result of a cultural field deployed and lived as a cross secular of humanization of social relations of the country. Successive visits to Dr Valdés Canjes trial   (pseudonym used by Venegas in this trial), realize continuities of the social question in Chile, which far from resolved; reverberate in memory and social subjectivity in the country.  
Palabras Claves: Centenario, crítica social, cuestión social, campo cultural, educación.


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Corrían los años de fines del siglo XIX y principios del XX. La republica parlamentaria estaba en su apogeo y la clase dominante disfrutaba de la paz guerrera instaurada en el año 1891. El año 1903 había visto la huelga del puerto y en 1905 la huelga de la carne y en 1907, aquella de Santa María. Eran “rotos alzados”  que se hacían llamar pampinos, y que se hacinaban en el puerto de Iquique. Eran los que podían manifestar el encono y la rabia. En el otro extremo  del país, en las profundidades de las haciendas terratenientes, el silencio  de los campos, ocultaba  la naturaleza contrita de los seres de la tierra y de los hombres del trigo, que desde las orillas de la casa patronal, alimentaban desde siempre a las familias de los hacendados, mutantes en sus formas aparentes de dominio. E inalterables en su condición genética de predominio sobre todas las épocas históricas. De Chile. Encomenderos, devenidos en hacendados mercantiles, posteriormente “independentistas” y luego transformados en  republicanos liberales.
En esa  época nace El Dr. Valdés Cange. Nació con nombre clandestino. La pluma  correspondía en verdad a un profesor del pedagógico, que desde el liceo de Talca, había emprendido una cruzada social. Era también una insurrección de nuevo tipo. Se hacía parte de otras revoluciones que pugnaban por emerger en el continente. Tenía una calidad confrontacional distinta, que contribuyó a llevar desasosiego a la oligarquía reinante. Valdés Canje escribe un libro: Sinceridad Chile íntimo de 1910. Allí, desmonta la realidad del país en el centenario de los artilugios de la gran mascarada de la oligarquía, exultante de triunfos y señoríos periféricos de  la aldea primada de Santiago.
En ese ambiente y en esa época, el  24 de diciembre de  1910 se terminó de imprimir  este libro con ese extraño titulo. Su autor firmaba con un seudónimo de raigambre  emergente en la naciente clase media  funcionaria de Chile. Aquella clase, que pugnaba por abrirse paso, entre un  reducido grupo oligárquico hacendal y una mayoritaria  población analfabeta y campesina: Dr. Valdés Cange, un anagrama de Alejandro Venegas Carus.
Alejandro Venegas, según el mismo relata en una autobiografía [1] (que presenta  para pedir su último trabajo un año antes de  su muerte en 1921),  ingresa  al Instituto Pedagógico en el año 1889 y toma los cursos de castellano y latín. En Abril de 1893, se titula de profesor de francés y en mayo de 1893 parte rumbo a Valdivia, que en ese entonces,  se  reconstituía después de décadas de abandono y marginación, pagando las culpas por su antigua filiación realista. Se esperaba el ferrocarril del norte y algunos años atrás había recibido la primera emigración alemana.
Por ello la formación de Venegas y sus primeros enfrentamientos con la realidad social, se suceden en un tiempo de aguda confrontación, no solo por la revolución del 91, que había echado por tierra los intentos de Balmaceda de controlar a la oligarquía que medraba del Estado, sino que le corresponde observar el desenvolvimiento de la maquinaria del Estado en los procesos de reducción de indios en la zona de Valdivia y Cautín.
De esta forma tenemos al joven Alejandro Venegas   como estudiante en medio de la confrontación social larvada de fin de siglo. Fue por tanto un observador privilegiado de la eclosión social del 91. Ya de niño, había observado  a sus  padres en Melipilla, ocuparse de los problemas sociales y el mismo había participado como voluntario en la plagas del cólera. Aquellas que ocurrían con frecuencia por los pueblos interiores del valle central. De esta forma, su conciencia, debemos deducir, estaba constituyéndose en ese reconocimiento de los males de la sociedad campesina. Ello, correspondía con el ambiente ilustrado de clase media que se vivía en la casa paterna .Algo de aquello también se encontraría  en la intimidad  del Instituto Pedagógico. Eran los primeros cursos germinales de 3 a 9 alumnos.
Nos proponemos sostener que en Alejandro Venegas se manifiesta el  representante  del ensayo crítico  social  del nove ciento y con el  cual, a  su vez, se inaugura una línea crítica de denuncia documentada de la cuestión social. Ella interviene en el devenir político de la nación y se constituye en un imaginario recurrente de contestación. Tal situación ya había comenzado cincuenta años antes. Eran otros jóvenes: Santiago Arcos y Francisco Bilbao. Estos habían denunciado el atraso de la estructura agraria, como la causa fundamental de la explotación y sumisión  del pueblo. El pueblo era campesino. Es decir, una masa  paupérrima  y domesticada por la doble acción de hacendados y curas, que actuaban como una especie de intelectuales orgánicos de la cultura piramidal del clientelismo oligárquico. Venegas observa y adquiere práctica en esa observación, que al decir de algunos serán las primeras observaciones sociales y políticas, etnográficas, realizadas en Chile ¿Parte de los procesos innovadores de su profesores? ¿Creación  original de su autor? ¿Lecturas antropológicas? No lo sabemos, pero pareciera que las miradas a los campos de Melipilla, desarrollaron una  aptitud de  análisis social, para esculpir  las escenas de  finales del siglo XIX, con las cuales compondría sus dos principales  y únicos libros: Sinceridad Chile Intimo 1910 y Por propias y extrañas Tierras. Este último es editado en 1922,  por su discípulo del Liceo de Talca, Armando Donoso.
Quizás la más interesante reflexión que se haya hecho para  comentar este ensayo crítico social,  es la efectuada precisamente por Armando Donoso en el prologo del libro Por propias y Extrañas Tierras:
Corría el año de mil novecientos diez y el  país  se preparaba para celebrar, con todo boato y dignidad, el primer centenario de la Independencia. Mientras se levantaban los arcos triunfales y se redactaban, en el recato de las bibliotecas, los grandes discursos conmemorativos; en los momentos en que toda la nación iba a vestir sus arreos de gala y sus mejores joyas para recibir a los hermanos de América, en el día del primer  centenario de su vida independiente, un modesto profesor, ignorado en un tranquilo liceo, provinciano, preparaba, tras largas vigilias la obra que iba a constituir el mas inesperado obsequio, en la hora misma de la gala…”(Donoso :1922, 34)
Digamos nosotros que ese obsequio se constituía en un presente griego, fulminante, una explosión de críticas en formas de largas cartas que realizaban una autopsia de los males de la república en el orden social, institucional, económico y a su vez proponía también programas de resolución de aquellos. Una explosión que remeció las lámparas de cristales del centenario de la nación. Irrumpía como una revuelta intelectual. Sinceridad Chile Íntimo 1910, se convertía así, en una pieza literaria execrada y vituperada por la clase dominante del centenario.
El largo ciclo de la critica social que se había iniciado desde el mismo origen de la literatura en Chile y que tenia antecedentes ilustres, como por ejemplo, en El manuscrito del Diablo de José Victorino Lastarria,[2] se cerraba en esta etapa, con este libro, que describe, diagnostica y realiza una autopsia de los males del  país. Después vendrán otros ensayos, pero que ya tendrían una raigambre orgánica, ligada implícita o explícitamente con las definiciones políticas, con las cuales el  país enfrentaría las crisis sucesivas de los años 20. El ciclo de critica social del XIX, encuentra en Venegas su mas fiel representante, no solo por el impacto publico que provoca, sino porque proviene de las mas pura voluntad individual de un representante de la clase media emergente, que adopta por si y ante si, la necesidad de hacer efectiva una ética de la denuncia y del compromiso con la república, que todavía se estima  factible construir.
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Sin lugar a dudas, que el capitalismo penetraba por boquetes  bien determinados del territorio de Chile a finales del siglo XIX. Era penetración especializada, pero con una capacidad de diseminación perseverante. Con la guerra del 79 y la revolución del 91, se despeja el camino para una  cooptación capitalista de  los grupos oligárquicos, que habían sentado sus reales en el parlamento y en el municipio. No había oposición desde el 91, ala penetración del capitalismo inglés y a los niveles acelerados de explotación de las masas laborales del norte y de las haciendas. A veces, irrumpían intermitentes motines populares, que retardaban en algo la inalterable explotación, que se esparcía por todo el territorio, incluida la región mapuche desde 1862. Era el resultado de una dominación sin contrapeso de la oligarquía agraria. La constitución de 1833 había hecho lo suyo. Al decir de Leslie Bethell:
Esa constitución, con frío realismo, reconocía que era Chile, mas que aquello a lo que podía aspirar a ser; apreciaba lo que Portales llamaba el “peso de la noche”: el tradicionalismo absoluto de trescientos años de dominio colonial, durante los cuales se habían trazado las líneas básicas de la sociedad, y aceptaba que la independencia de España era un acto político verdaderamente fundamental, pero virtualmente carente de contenido económico o social (…)  (Bethell, 2000, p. 157).
Ese peso de la noche portaliana, desarrollaría reverberaciones dantescas en la cuestión social de los campesinos y en las iniciales relaciones sociales  obreras de minas, trapiches y piques. Esa cuestión social comienza a ser denunciada, en la misma medida que avanzan los embriones de la constitución de la ciudad letrada. Ella ya se anida y se articula en las salas de clases de liceos, colegios de humanidades, escuelas normales y fundamentalmente las íntimas salas de clases del Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile. Desde 1850, con la Sociedadde la Igualdadde Arcos y Bilbao, hasta Venegas y Tancredo Pinochet Le Brun, se desarrolla un agudo debate, que da cuenta de la creación de “micro campos culturales”, que en torno a las disciplina del Liceo y de las Humanidades, pero fundamentalmente de la asignatura del castellano, crearán  campos de gravitación cultural, que finalmente intervendrán en las relaciones sociales de los territorios provincianos en donde actúan. Estos micro campos culturales son, a su vez,  constructores de personalidades denunciantes, opinantes y por tanto críticas del orden social. Ese ambiente, suponemos,  constituyó a Venegas y su Sinceridad.
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El libro de Venegas abre y cierra un ciclo del ensayo critico, por cuanto la cuestión social, que emerge con toda su irritante secuelas de miserias, deja de ser denunciada  por  intelectuales individuales y pasará a convertirse en textos discursivos, cada vez más frecuentes en manifiestos políticos. Ellos convocarán, no solo a la razón para construir explicaciones, sino que apelarán a la movilización para la subversión del orden establecido. Venegas será el último que apela  públicamente a la condición ético política de los ciudadanos de la Republica, para restituir la moralidad de la cuestión pública. Desde Venegas, la denuncia y el ensayo será cada día más el modo moderno de denuncia  de los colectivos organizados. El modo,  mediante el cual, las organizaciones sociales y obreras, como federaciones sindicales, mutuales, y los emergentes partidos políticos, asumirán su lugar de crítica pública. [3]
Por eso, Sinceridad, cierra el ciclo de la crítica individual y abre paso a la crítica que remite a discursos colectivos, efectuada por intelectuales de partidos orgánicos o de intelectuales orgánicos, dependientes de clases, que colocará en las antípodas a “sujetos  voceros”, como Joaquín Edwards Bello con la Fronda Aristocrática, activo sostenedor del orden conservador y por otro, hará emerger a un Julio Cesar Jobet como el primer historiador que sostendrá una revisión critica y desmistificadora de la historiografía nacional. Y que a su vez participará activamente en  la contienda política, colocando su discurso académico historiográfico, en la disputa por la construcción cultural antisistémica. A fines del siglo  XX, Pierre Bourdieu, reinvidicará esta función  de la intelectualidad al señalar:
(…) puedo entonces afirmar que los intelectuales (artistas, escritores, científicos, etc.) que ingresan a la acción política en base a su competencia en sus áreas de especialización) son indispensables para las luchas sociales, especialmente en el presente dadas las formas que la dominación asume. Trabajos históricos recientes y mucha inercia intelectual, han cumplido un rol fundamental para la producción e imposición de la ideología neoliberal que regula el mundo. A la producción de estos pensamientos reaccionarios debemos oponer la producción de redes críticas que ha convertido a los intelectuales específicos (en el sentido que expone Foucault) en un colectivo intelectual capaz de definir por sí mismos los temas y fines de sus reflexiones y acciones…” (Bourdieu, 1999)
En las postrimerías del XIX, indudablemente, algo profundo habita y se desarrolla en la constitución de estos micros campos culturales emergentes, y que generando profesores críticos en la primera hora intelectual colectiva de la republica, evidencian transparentemente la idea de construir a ésta por medio de la palabra y de la idea.
Otro, de la misma camada de Alejandro Venegas, Tancredo Pinochet Le Brun, realizará un primer estudio etnográfico de la pobreza en los Inquilinos en la Hacienda de su Excelencia,  también en forma de carta, esta vez al presidente Juan Luís Sanfuentes. Intentará convencer al Gobernante de las condiciones miserables de sus campesinos. Independiente del destino de sus críticas y de la persistencia o no de éstas a lo largo de sus vidas, la generación de críticos sociales del Instituto Pedagógico, concluyen un  proceso y dejan sentada la plataforma para el lanzamiento de los ensayistas sociales, que a la crítica, unen  su ingreso a la lucha política, por medio directos (Recabaren y mas tarde Julio Cesar Jobet) o indirectos como acostumbra la intelectualidad conservadora, en el caso de caso de Joaquín Edwards Bello.

De esta manera, la propuesta discursiva de Alejandro Venegas, asume la responsabilidad de establecer una matriz  de interpretación de los sucesos y fenómenos que son recurrentemente expuestos por la prensa de la época y quiere asegurarse que la crítica que  realiza, adquiera trascendencia por la ilación de los argumentos y por la eventual respuesta pública que  el anhela como necesaria. A partir de ella,  podrá  desarrollarse una apertura de conciencia social de la clase gobernante. Así se lo imagina. Por que ésta motivación, y no otra, es en última instancia la apelación política que realiza y que resume una estrategia, de algunos críticos, entre los cuales también se incluye  a Tancredo Pinochet Le Brun.
Si la iglesia católica ultramontana ha optado por  la educación de la  clase dominante de acuerdo a los cánones cristianos,  pareciera advertirse un símil metodológico en esta generación del pedagógico, en orden a desarrollar una tarea de similar envergadura, pero en el ambiente laico de las humanidades y las letras. Sin lugar a dudas, la perspectiva de una religión positiva, sin dios, pero igualmente moralizante, se deja ver en las críticas aceradas y descarnadas de Sinceridad Chile Intimo 1910. Anida allí,  una necesidad de moralizar la cuestión pública. Una guerra santa laica, en condiciones de desigualdad, pero que apela a la heroicidad de jóvenes que han descubierto la razón como orden fundante del universo, y de sus universos.
La situación del país amerita, sin lugar a dudas, el desarrollo de propuestas y voces que aglutinen la esperanza colectiva. Las condiciones sociales y económicas para una gran mayoría resumen miseria. Para una minoría, la oligarquía, que se ha beneficiado con el salitre,  ha  acumulado excedentes, que le permite sustentar una autonomía de  despliegue suntuario, que será ejercido en la metrópoli parisiense. Al otro extremo del sistema social, y concomitantemente a la incorporación, desigual y combinada del capitalismo periférico, se desarrollará una clase obrera, que se convertirá en la antitesis de la oligarquía terrateniente parasitaria. Digámoslo con palabras de Julio Cesar Jobet:
Desde el punto de vista social el lapso de 1900 a 1950, en nuestro país, se caracteriza por la presencia y acción de la clase obrera como conjunto poderoso con intereses, anhelos y aspiraciones propios, claramente delimitados ante las demás clases…La clase obrera se constituye desde mediados del siglo XIX, en la minería de la plata, cobre , carbón y salitre; en la construcción de obras publicas (ferrocarriles, caminos, puertos y edificios),en las faenas portuarias, en al industria manufacturera liviana, en los servicios públicos y en las labores ganadero industriales de Magallanes. Su crecimiento es notable desde la conquista y monopolio  del salitre, durante la administración de Domingo Santa  María. Expresa sus primeras manifestaciones reivindicativas durante la administración de José Manuel Balmaceda, y en el año de 1890 se produce una huelga de proporciones en la provincia de Tarapacá. Los obreros de las oficinas salitreras exigen que sus salarios les sean pagados en dinero efectivo y no en vales contra los almacenes de las compañías (pulperías). Ante el rechazo de sus peticiones se declaran en Huelga y se les unen los trabajadores portuarios de Iquique. Se originaron numerosos incidentes y el incendio de la Oficina San Donato. Esta huelga repercutió hondamente en el seno del Congreso Nacional, donde ya existía una mayoría violentamente adversa al gobierno de Balmaceda. Fue censurado con dureza por negarse a autorizar la represión armada. También estallan disturbios en Valparaíso y en Santiago, poco antes ocurrieron trastornos inquietantes. Son las rebeldías iniciales de una clase social que empieza sacudirse los grilletes que la oprimen dolorosamente (…) (Jobet, 1951, p. 144-145)
Desde  Jobet, el camino iniciado por Alejandro Venegas, será prolífico para construir voces críticas que emergerán de las organizaciones sociales y partidarias. La crítica ha transitado al espacio organizativo. En el mundo dos revoluciones o insurrecciones marcan los acontecimientos: la insurrección rusa de 1905 y la revolución mexicana de  1910. Un horizonte utópico esta construyendo esperanza
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Indudablemente los escritos de denuncia son de larga data en Chile. Es posible que la Araucana pueda expresar ya una observante penetración de los procesos que se comenzaban a vivir en el inicio de la conquista española, y que Cautiverio Feliz de Francisco Núñez de Pineda, pueda sugerir una misma línea de continuidad. Por ello, convenga colocar tentativamente unos cuantos criterios que es posible desprender de Sinceridad, y que marcan una culminación sistemática, de lo que comenzó embrionariamente y con balbuceos desde tiempos inmemoriales de la colonia  y la república y que denominaremos ensayos de crítica social en Chile. En primer lugar, creemos que estamos ante un ensayo de esta categoría, cuando el  conjunto de argumentos que se presentan en un texto, desarrollan una critica de  las relaciones sociales que son interpretadas por el autor como problemáticas, deficitarias o disruptoras respecto de un canon moral, ético o político, que éste sugiere como marco referencial; segundo; que el conjunto argumental se sostenga lógicamente en forma interna y que de cuenta de, ficcionadamente o no, de los datos reales que hagan posible la comunicación con el lector; tercero, que la critica construya un relato, una historia bien contada, además de definir causas y consecuencias  de las relaciones sociales cuestionadas y que avance en identificar actores agentes sociales  involucrados en tales cuestiones y por ultimo, que la critica social, establezca escenarios de resolución que comporten una idea que restablezca un sentido para la comunidad a la cual se dirige. Es decir, que sea constructora de utopía un último criterio, tiene que ver, con la capacidad de impacto público que tenga la critica realizada. Evidentemente, desde fines del siglo XIX, las primeras tesis profesionales evidencian grados acentuados de crítica social, pero sin  embargo no consiguen trasponer los muros universitarios y por lo tanto, no se convierten en herramientas políticas disponibles,  de las cuales puedan hacer uso los agentes sociales eventualmente involucrados en las transformaciones de las relaciones sociales cuestionadas.
Quizás por ello las resonancias recurrentes de Sinceridad. Porque la critica de las relaciones sociales y de sus instituciones en el Chile de 1910, siguen  remitiendo a fenómenos que comportándose con arreglo a la época, demuestran en cuanto se les  somete a análisis, vinculaciones estructurales, que atañen a configuraciones sociales actuales, que ya  se manifestaban en las situaciones de las cuales  da cuenta Sinceridad.
Por ello Sinceridad, teniendo un lenguaje accesible para la clase letrada de la época, desarrolla concatenadamente, argumentaciones que  describen, analizan, tematizan y en muchos casos sistematizan hechos sociales, que son atravesados por la mirada inquisitiva de Venegas. Recorriendo con sus tesis y argumentos el campo complejo de la realidad social, no le es fácil a sus oponentes contestar de buenas a primeras, sin entrar a considerar el merito de las pruebas. Por ello su impacto. Y por ello la furia, con que es recibido el libro por la oligarquía,  que está en plena fiesta en 1910 y que está recibiendo a invitados  que hacen públicas alabanzas al país, como ejemplo para América Latina.
Pensamos que algo más había nacido  con la presencia de  Sinceridad. Por primera vez se había estructurado un grupo, que sin  tener contacto permanente, se sentían participes de una formación especial de carácter humanista. Habían sido formados como la primera generación de críticos sociales, también como identidad del centenario y que desparramados por distintos lugares, se sentían investidos de una misión social. No será extraño, entonces que escriban críticamente, cuestionando la estructura social, junto a Venegas, Enrique Molina, Tancredo Pinochet Lebrun[4] y otros. Dicho esto, resulta lógica la pregunta por entender que tipo de condiciones se habían  establecido para dotar de identidad, de similares aspiraciones en esta generación de primeros profesores. ¿Podrían caracterizarse hitos referenciales  a  los cuales respondan de manera colectiva, a modo de identidad particular y universal centrados en alguna suerte de humanismo? ¿Como es que surgieron cuatro o cinco planteamientos críticos que unían el uso del ensayo con la docencia y la intervención publica, amen de un profundo compromiso con la práctica teórica? ¿Como desarrollaron estrategias similares en Temuco Chillán y Santiago y a su vez, fueron capaces de establecer escuela de crítica pública y de conciencia ética en lugares, condicionados por la matriz de la hacienda semi feudal? Creemos que los  Liceos se habían convertido en espacios de republicanismo y los profesores habían asumido una condición de conductores de nuevos espacio públicos. Aquello no estaba en los planes de la oligarquía hacendal.
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Es conveniente, a mi juicio,  establecer los lazos vinculantes y condicionantes que se construyen en  el circunscrito sistema social de Santiago y sus relaciones sociales, con la emergencia de dispositivos culturales que se independizan relativamente de las condiciones materiales de existencia y comienzan a adquirir vuelos, cada vez más complejos de autonomía. De una manera u otra, es nuestro convencimiento, que se comienzan a configurar campos de fuerzas culturales, con influencias relevantes para fines de siglo XIX.
Se señala que en  febrero de 1828 llegó a Chile, invitado por el gobierno de Pinto, el español José Joaquín de Mora, poeta, educador, jurista y político liberal. Venía de Buenos Aires, donde permaneció hasta la caída de Rivadavia, su protector. Este hecho posibilitará la fundación del Liceo de Chile de corta existencia y marcará el ámbito  post colonial de Santiago con una actividad embrionariamente intelectual y política. Más tarde, será el francés y periodista Pedro Chapuis, quien llega a Chile, a mediados de 1825, y que establecerá el Colegio de Educación. De estos dos procesos germinales, abortados, pero con continuidad cultural histórica en otros establecimientos de similar factura, se  establecerá paulatinamente la idea del reemplazo de la Facultad Menorde Filosofía, por el liceo o las humanidades, o los estudios preparatorios, o finalmente la educación secundaría. Ellos, en definitiva, establecerán la idea y la materialidad de un espacio de educación, que no depende de la iglesia católica y que se postula laico y racionalista. Y por ello, muy ligado a las influencias liberales que recorrían América Latina. Esa es la impronta de una lucha cultural abierta y a veces soterrada, que se expresa por ejemplo en la generación del 48 y que está en la base también de la Sociedad de la Igualdad. Sin lugar a dudas, también en el desarrollo que hace Balmaceda de la educación pública y que Alejandro Venegas incorpora como habitus estructurante de un campo cultural del cual se siente partícipe heroico. Es probable que a estas alturas, haya que decir que una influencia decisiva en sus derroteros intelectuales, morales y sociales, estuvieron dados por la presencia de Enrique Molina, su compañero del Instituto y posterior compañero en la dirección del liceo de Talca, después de haber compartido la docencia en el liceo de Chillán.
Sin lugar a dudas que algo sucedió en las salas de clase y en el ambiente intelectual del Pedagógico, que marcó profundamente a esa primera generación de profesores. Algo de espíritu de cruzada se condensó en las casonas de Macul y gatilló la conquista de utopías que por primera vez, no requerían de la violencia  armada y si solicitaban el estilete de la pluma y de las ideas. ¿Un  diálogo entre pares, profesores y estudiantes? ¿Marcos dialógicos para innovativos procesos de enseñanza? ¿Todo ello construyó “habitus” en el joven estudiante, en su opción política y en la formación de sus convicciones democráticas y libertarias? Creemos que una de las vertientes de su discurso fue inspirada en esa cultura laica y democrática del liceo y la influencia de los maestros que le daban la dirección intelectual a la enseñanza del Instituto Pedagógico. En este espacio cultural también se situaba la francmasonería chilena muy vinculada al Partido Radical. Ángel Rama lo señalará en su libro la Ciudad Letrada  cuando sostiene que los filósofos-educadores, en particular los profesores, harán de la literatura  un ejercicio  de prácticas discursivas y no discursivas de producción de sentido socialmente determinadas. Así las tertulias literarias de Alejandro Venegas y Enrique Molina serán paradigmáticas, para entender que la disciplina del Castellano y la ampliación del público lector significaban, en buenas cuentas, pequeñas “explosiones nucleares” de reconceptualización de las cosmovisiones en el seno de la matriz hacendal oligárquica, en este caso de la muy patricia y señorial ciudad de Talca.
Hasta ese momento, el proceso constitutivo dominante de la escuela semi colonial, era afianzar el “peso de la noche” y ese era efectivamente el ambiente y el orden que propicia la rebelión de la muchachada del Liceo de  Talca en 1905, cuando llegan como interventores Enrique Molina y Alejandro Venegas. El ambiente era retrogrado en la generalidad  de escuelas y liceos. De este campo, se podría decir lo que Bourdieu ha expresado con claridad, cuando señala que la violencia simbólica es también un atributo que la escuela logra imponer sobre grupos y clases, introyectados y vistos como legítimos, que ocultan en definitiva las relaciones de poder. Así se entiende mejor el espíritu de cruzada  laica de Venegas y  sus  camaradas.
Este era el fundamento, en última instancia para la comprensión de la ira que provocó Sinceridad Chile  Íntimo 1910: se habían transgredido todos los límites que la oligarquía podía soportar. Por ello, la respuesta directa y solapada para que Venegas se aleje del lugar sagrado de formación de los muchachos. En 1915 es obligado a presentar su expediente de renuncia y obligado a recluirse  en  Maipú,
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Sinceridad y Alejandro Venegas concluye así su ensayo
Jóvenes tengo fe en vosotros: por eso mi libro, al cuadro desgarrador de nuestra situación actual, agrega el programa de las reformas que habrán de rejenerar nuestro país i llevarlo a un porvenir grandioso. No espero su realización de los hombres que hoi nos dirigen: hasta la evidencia han demostrado que carecen del patriotismo  y abnegación necesarios para llevarla a su feliz término (…)
                                                           Dr. Valdés Cange.


BIBLIOGRAFIA.
Bethell Leslie (2002), Historia de América Latina, Tomo 10,  Editor, Cambridge University Press, Impreso en España.
Bourdieu Pierre (1999), conferencia que dictara en la convención de la Asociaciónde lenguas modernas (MLA, Chicago) en sitio Web http://www.henciclopedia.org.u, visitado el 24 de Julio del 2007.
Lastarria José Victorino (1849), El Manuscrito del Diablo. En Godoy, Hernán (1976), El  carácter chileno, Editorial Universitaria, recopilación de textos.
Jobet ,Julio Cesar, El Movimiento Social Obrero en Chile, en Revista Atenea, Año XXVIII, Tomo CIV Nº 317-318, Universidad de Concepción, Noviembre-Diciembre de 1951
Pinochet Le Lebrun, Tancredo Inquilinos en la Hacienda de su Excelencia. En Antología chilena de la tierra / organizada por Antonio Corvalán. Santiago de Chile: ICIRA, 1970.
Venegas Alejandro (1922), Por propias y extrañas tierras, pagina autobiográfica  para optar al cargo de Secretario del Consejo de Instrucción Primaria en 1921, incluido por Armando Donoso, el que actuó como editor, Editorial Nascimento.
Venegas Alejandro: Sinceridad, Chile Intimo 1910, versión en Internet en sitio WEB www.memoriachilena.cl, visitado el 10 de julio del 2007.
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[1] Pagina autobiográfica de Alejandro Vengas, para optar al cargo de Secretario del Consejo de instrucción Primaria en 1921, incluido por Armando Donoso en el Libro Por Propias y extrañas Tierras, Editorial Nascimento, 1922, P. 43.
[2] Desde este punto de vista, muchos ensayos de critica social de este periodo,  cuestionan las relaciones sociales, pero  no  avanzan mucho mas allá  del sentido común, aun cuando si expresan  un intento de cuestionamiento rotundo y radical. Un ejemplo de lo anterior, se encuentra precisamente en el Manuscrito del Diablo de Lastarria, en donde este plantea que existirían ciertas disposiciones subjetivas del Chileno, que se manifestarían en la maledicencia y el chisme y en como ello da paso a  relaciones comunitarias atravesadas por las rencillas de los círculos: “la sociedad está dividida en círculos, algunos de ellos tan estrechos, que se componen exclusivamente de los miembros de una sola familia…”. Ver El Manuscrito del Diablo, en recopilación de Hernán Godoy, (1976) El  carácter Chileno, Editorial Universitaria, p. 217.
 [3] Fundamentalmente, será expresión de esto el programa  de trabajo del Partido Obrero Socialista, que se funda en el año 1912 y que en al año 1922, se convertirá en el Partido Comunista, en donde su principal intelectual orgánico, Luís Emilio Recabaren ejercerá  el liderato indiscutido de la critica social. Pero que ligará cualquier gesto de crítica,  a la construcción partidaria.
[4] Digamos que Tancredo Pinochet Le Brun había publicado un año antes en 1909, un  Registro testimonial titulado Inquilinos en la Haciendade su Excelencia en donde retrataba las condiciones paupérrimas de existencia de los inquilinos de la Hacienda del Presidente Juan Luís Sanfuentes. Al respecto señalaba en uno de sus párrafos “…Las casas de esas familias de inquilinos, que todos los viajeros ven desde las ventanillas del tren, tienen un exterior agradable que está por encima del rancho tradicional, que es una caricatura de la ruca araucana. Se compone de un dormitorio, donde duerme en promiscuidad toda la familia, y otra pieza que es una especie de bodega, donde se revuelven en confuso montón, monturas, frenos, ollas. Las piezas no están entabladas ni en  el piso, ni en el cielo; las murallas no están ni pintadas, ni empapeladas, ni siquiera enlucidas. El dormitorio es obscuro, sin ventilación, de mal olor. La gente come en el suelo; los chiquillitos, semi desnudos, pululan como animalitos domésticos….”Tancredo Pinochet Le Lebrun, Inquilinos en la Hacienda de su Excelencia, en Antología chilena de la tierra / organizada por Antonio Corvalán. Santiago de Chile: ICIRA, 1970. p. 97
Alejandro Diaz

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