“Al fin y al cabo, en el periodo colonial y en el siglo pasado más del 80% de la población estaba preocupada y vinculada a la producción agrícola, a pesar de que la actividad minera era en muchas instancias más productiva. El valor de la minería, por vital que fuese en el funcionamiento económico de los reinos y del imperio, luego de las nuevas repúblicas, se configuró nítidamente como la conexión regional con la economía del mundo hablándonos muy poco del quehacer nuestro, del indio, del campesino. Fuimos en realidad, una sociedad campesina y de mentalidad campesina, aun pensando desde el ámbito urbano”
Rolando Mellafe.[1]
En Minas del Prado, un pueblo montañés campesino, se cuenta una historia. Ha nacido un niño dios, que sonrió mientras estuvo vivo y que durante el mes que vivió, alzo sus manitas para santiguar a todos los que lo rodeaban. Todos los santiguados dicen que lucían luminosos y que le traspasaron esa luz a los hijos y estos la traspasaron a los suyos… hasta hoy. Dicen que el niño dejó de respirar un dia en la mañana, mientras afuera, la escarcha aún no se derretía. Su madre lo miró en la payasa de paja y le dijo a su viejo: El angelito ya no está con nosotros…viejo, ya se ha ido. El hombre se dio vuelta en la penumbra arremolinada de cueros y ponchos y mirándolo le dijo: no vieja, siempre estará con nosotros… porque los iluminados por sus bendiciones, vivirán para contar la historia de todos nosotros. El Angelito de Minas del Prado, fue enterrado con cantos y bailes  y dicen que por última vez se vieron bailes, como aquellos. Asi se debió adorar a un dios antiguo. Blanco, blanquísimo, fue enterrado después de cuatro días de fiestas. Todos los campos del contorno asistieron  y durante muchas horas las cantoras, dejaron el aliento en cada décima que fue creada para el angelito del santiguamiento.
                             
El 5 de agosto de 1782 ya había sol en Coigueco. La nieve, sin embargo, estaba tapizando los campos. Una que otra vaca se arriesgaba a ramonear los potreros y enfrentar en sus lomos el frio de la cordillera. A la distancia por el camino, avanzaba la columna de dolientes del angelito. Una gavilla de cantoras exhalaba vapores de niebla que se levantaban de sus bocas como pequeñas nubes gaseosas de alientos apretados. Los cantos llegaban a los lindes de los potreros y desde allí se extendían al resto de la columna. Había  llanto y mucho lloro. Los padres del angelito, a pie, sostenían un borde  la tarima y los ojos secos de la madre y del padre ya no mostraban lágrimas. La columna mortuoria canta en forma apretada y el cementerio del curato se aprecia a la distancia. Los rayos del sol se deslizan por los cuerpos de los dolientes. El niño angelito va de cara al cielo. Sus ojos cerrados miran la mañana del Biobío Maulino. Su rostro es moreno y su pelo es rubio. Sus ojos negros y su piel es blanca, Sus  manitas, esas que durante un mes acariciaron a los labradores mestizos de Tanilvoro, están recogidas y azules. Es tiempo de penurias. Inspectores reales recorren los campos pidiendo papeles y muchos ya comentan que deberán abandonar las tierras. Que los señores de Concepción las compraron y que los que no tengan papeles deberán irse. Y las cosechas preguntan más atrás, mientras el funeral del angelito, pisotea la escarcha del campesino. Habrá que dejarlas. Quieren la tierra. Y si no se las entrego…Te las quitarán y los justicias del corregidor se meterán en tu rancho y te revolverán los trastos y te acusaran de amancebamiento y te dirán que practicas las brujerías con los indios de Chuqueta y más…
Los portones del cementerio están cerrados con aldabones de hierro. La columna se detiene. Los cantos y los llantos arrecian y ahora comienza un fiscal a lanzar alabanzas a dios y ruega por el alma del angelito de las caricias santiguadoras. Amén se escucha en la columna. Los rasgueos de  las guitarras se detienen un instante y ya algunos se arremangan para extraer los varales del portón. Los desentierran y con movimiento oscilantes de sur  a norte y de cordillera  a mar, los mueven y con otros empellones, finalmente caen y con ellos las puertas del cementerio. Observan los labradores montados, con coyunda y lazo para acometer sobre la valla si era necesario. La columna se desparrama por el pequeño cementerio y ya el sol toca el rostro de los dolientes que miran al oriente, a la cordillera. Una mestiza de chamal, agita ramas de  canelo y otra cantora, esparce el agua bendita. Las guitarras ceden el paso a un labrador ciego, que alzan un guitarrón de descomunales dimensiones y con sus manos gruesas rasga una  a una las ocho cuerdas. Un silencio sepulcral se instala en la fría mañana y alzan al angelito mostrando su rostro moreno que esa mañana es azul. Luego lo cubren con  una urna de madera de roble, con arestas, de madera de coihue recién desbastada. Se le sumerge en la cuna que es urna mortuoria y un gran padre nuestro se extiende por el campo….Padre nuestro que estas en los cielos…Santificado sea tu nombre…el murmullo se extiende y vuelve por los álamos que miran enhiestos a los labradores que entierran su angelito. Por el sur vuelve santificado sea tu nombrey los llantos se encuentran…vénganos a tu reino…y el angelito se desliza en el hoyo sepulturero y la madre mira con ojos de campesina  a uno más de sus hijos que se lo lleva la tierra. Solo que este bendijo a los campesino de Tanilvoro… aquí en la tierra…y la tierra ya llora agua en la mañana helada de agosto, pero unos brotes se deslizan por entre medio de la vertebras abiertas que deja el hielo de la noche…como en el cielo y la masa compacta, vagueante y humeante en la mañana de Coigueco,  mira al cielo una vez más…la tierra ya cae en el hoyo y la madera de roble se cubre de agua, tierra y escarcha…el angelito ya no está de cuerpo presente y la madre no llora…solo una cantora acompaña al cantor ciego y este enarbola las decimas de la muerte del angelito y como en el cielo y como en la tierraAmen responden todos y el canto se hace más fuerte y el aguardiente corre de mano en mano y todos con los ojos llorosos exclaman amen…la ramada espera más allá y ya al cordero se le ha abierto la tráquea y por él se deslizan los líquidos de la pol y el chañi se coagula en el azafate de avellano y cada uno ya esgrime tortillas y ensarta con sus corvos los trozos de sangre que se agitan en medio del perejil que esparce un jardín de verde verdura sobre el rojo sanguinolento del cordero sacrificado. Todos desfilan por el frente del azafate de textura entrecortada de pequeñas rayas del avellano.


[1] MELLAFE ROLANDO, 2004, Op. Cit., P.11.

Alejandro Diaz

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