HISTORIA …SI PERO DESDE NUESTRO SUR CAMPESINO MESTIZO


Abordar la historia social ha sido ya un tópico recurrente en los últimos años en nuestro país. Historia social o nueva historia social, forman ya un nutrido anaquel en las bibliotecas y en cada tomo se han desentrañado las sinuosidades de las condiciones de existencia de los de abajo o de los excluidos de la historia. Menor ha sido el desarrollo de la historia de los subalternos y mayor, la adoración por las múltiples vetas de exploración focaultianas que eximen de preocupaciones estructurales, cuando la búsqueda microscópica de la fragmentariedad, es de por si suficiente para sentir que se ha cumplido con el “Clío post moderno”. Para los exiliados que venimos del Sur, como corresponde a todo extrañamiento, nos ha parecido que nosotros sobramos en esa historia. ¿Proletarios en la Pampa? Si por supuesto. Aprendimos con los hijos del salitre y la matanza de la Escuela Santa María y ello nos remitía a una epopeya de lucha en la cual nos sentíamos comprometidos. Recuerdo allá en las profundidades del sur, haber comenzado un curso de “sindicalismo” contando esas hazañas a los rostros agrietados de campesinos y mapuches. Debo haber tenido 17 años. Una historia llena de potentes hidalguías y heroísmos obreros. Alguna pregunta y la sesión concluida Ahora con los años, me doy cuenta que no era la historia que necesitaba contar. O esta no se había escrito o aquellos rostros con los cuales yo me identificaba necesitaban contar su propia historia, su verdadera historia ¿Que es lo que no funcionaba? El cuadernillo sindical del PC estaba formateado elegantemente con fondos de la CUT. Estaba avalado por su máximo historiador, el que había santificado la aparición de una potente clase obrera allá en el norte, que no tenía nada que envidiarle a los obreros manchesterianos del siglo XIX. Entonces ¿qué pasaba? Sigo manteniendo esa sensación de extrañamiento con la historia oficial y con la “alternativa” y por fin me he dado cuenta que esta historia es la historia de los de Santiago y su filón de oro cognoscitivo popular, depositado en el norte, por arriba y por abajo en términos sociales. Tributan de un solo filón cognoscente historiográfico que emite efectos de realidad complementarios para la izquierda y la derecha. Por arriba, los políticos señeros, los empresarios heroicos y los financistas astutos Y por abajo, los obreros aguerridos, con preclaras conciencias socialistas, de las cuales Recabarren solo era un ejemplo. La complementariedad icnográfica se agregaba a ello y la operación surgía perfecta. Aparentaba ser lo que se pretendía: dos clases constituidas en excelente estado y de las cuales, los de arriba se podían sentir orgullosos. Al fin y al cabo habían sido sus abuelos, comprando a los pirquineros sus primeras minas o los que sentaban sus reales habilitando negocios usureros. Por abajo, nada menos que una clase obrera, que había tenido un surgimiento de conciencia política en la demanda de “igualdad” del siglo XIX. Por abajo mas nada. Solo artesanos, que a fin de cuentas son como obreros ¿no?

¿Y más abajo? Como allá abajo y en el Sur solo estaban los campesinos, y estos habían sido bautizados en Europa como “sacos de papas”, entonces no había más que hablar. Los campesinos no necesitan una historia. Podían, debían adscribirse a la “historia oficial del movimiento obrero”, si es que lo requerían por sus probables inclinaciones revolucionarias, que siempre eran “inestables” o bien podían y debían celebrar el 18 de septiembre y cantar la canción de Yungay, en todo el país, de acuerdo a los cánones escolares a los cuales todos nos debemos. En esa historia, el sur no contaba y no cuenta. A no ser que sea para señalar que por allá bajo, en forma intermitente se dejan ver vagabundos, malentretenidos y borrachos, entre medio de indios, que requieren mucho mosto y mucha música para su pacificación. Una imagen vaga de una “otredad” como se dice ahora y que de repente aparecía en la literatura criollista, esa que nos hacían leer en la escuela y que después fue catalogado como folclor. Y que ahora sirve para adornar las páginas web de los loft de pesca. Allá en el “otro sur”, en el paisaje turístico. Y eso sería todo. Y eso es todo.

Por ello, es que pareciera que los estudios de los grupos subalternos no han cuajado. Porque Ranahit Guha habla de sus campesinos de la India y de sus insurrecciones y aquí eso, según la historia oficial, de derecha e izquierda, nunca ocurrió. En más de una ocasión, se ha dicho que los campesinos no cuentan. Es decir la historia social real del 90 por ciento de la población del pueblo de este país no tiene historia, en tanto y cuanto, en sus orígenes campesinos no hay historia que contar y solo la historia de estos sectores habría comenzado a mediados del siglo XIX, cuando éstos se introdujeron en algo que se ha definido como urbe y ésta era y es, por sobre todo, la real y republicana ciudad de Santiago. En ese momento, esos sectores adscriben al logo, al verbo, imprimen una proclama y son denominados sujetos políticos porque solicitan, piden, demandan mejores condiciones de vida y las mas de las veces, en forma ordenada y pacífica. Han accedido al lugar de la política y los historiadores de izquierda y derecha, en santa paz, señalan que están en presencia de un sujeto popular, que por supuesto ha abandonado el saco de papas y se ha comprado terno y corbata en la tienda Gatt y Chavez, a principios del siglo XX y desde allí camina a la mancomunal…con corbata. ¿Allí comienza la historia del sujeto popular en Chile, en la interioridad del Santiago patricio, en el valle central de la oligarquía hacendal? A mí me suena extraña esta historia ¿A Uds. no?

Alejandro Diaz

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