«La Noche de los Lápices» marcó brutalmente la memoria colectiva en Argentina
La madrugada del 16 de septiembre de 1976 secuestraron a Francisco López Muntaner, María Claudia Falcone, Claudio de Acha, Horacio Ángel Húngaro, Daniel Alberto Racero, María Clara Ciocchini. El 21 de ese mismo mes se llevaron a Pablo Alejandro Díaz. Completando la lista Patricia Miranda, Emilce Molder y Gustavo Calotti. Todos fueron secuestrados, llevados a campos clandestinos de detención y atrozmente torturados durante meses.


Por Claudia Román *
Hechos aberrantes que fueron recurrentes en nuestra historia demuestran que para un sector (dominante) un pueblo educado y culto es más difícil de subyugar, por lo cual se acude a cualquier método para quitarle su dignidad.
La violencia física fue una constante herramienta disciplinadora en distintos momentos históricos de la Argentina, en contra de quienes intentaron hacer oír sus voces.

Son numerosos los sucesos políticos que perturbaron el proceso de consolidación democrática en nuestro país. Muchas de las huellas dejadas fueron tan profundas que nuestra conciencia social se ve obligada a rememorarlas y honrarlas.

Es por ello que lo sucedido el 16 de septiembre de 1976 en la ciudad de La Plata no puede ser olvidado, no debe pasar desapercibido. Los hechos conocidos como «La Noche de los Lápices» marcaron brutalmente la memoria colectiva.

Luego de desplegar un nuevo operativo para que se secuestrara, torturara y desapareciera a un grupo adolescentes que militaban en la Unión de Estudiantes Secundarios (-UES- refundada el 19 de abril de 1973) se fueron desencadenando acciones cada vez más violentas contra todos aquellos que se manifestaran en contra del orden impuesto.

El antecedente de la «Masacre de Trelew» (22 de agosto de 1972) no había logrado escarmentar a los jóvenes, tal como lo pretendían los militares.

Los estudiantes se habían organizado para luchar por mejorar las condiciones generales de los alumnos secundarios. Una de las principales banderas de lucha era el derecho a un boleto estudiantil gratuito.

El beneficio de la gratuidad para primarios y los descuentos para secundarios y universitarios fue generando presión entre los sectores.

La cámara gremial de Transporte de Automotor pedía ser compensada con la suba del boleto en general. En la primavera de 1975, el tema se tornó en uno de los grandes focos de discordancias.

La tensión iba en ascenso y el horizonte de la lucha de los jóvenes parecía no tener otro fin que lograr restablecer la gratuidad del boleto estudiantil.

Pero en la madrugada del 16 de septiembre de 1976 secuestraron a Francisco López Muntaner, María Claudia Falcone, Claudio de Acha, Horacio Ángel Húngaro, Daniel Alberto Racero, María Clara Ciocchini. El 21 de ese mismo mes se llevaron a Pablo Alejandro Díaz.

Completando la lista Patricia Miranda, Emilce Molder y Gustavo Calotti. Todos fueron secuestrados, llevados a campos clandestinos de detención y atrozmente torturados durante meses.

No superaban los 18 años; a la mayoría no se le permitió sobrevivir. Pablo Díaz, quien por alguna razón fue «blanqueado» y sacado del sistema de detención clandestino, conmovió a todos por su valentía y entereza.

Sus escalofriantes relatos en el juicio a las juntas en 1985 dieron una real magnitud de lo padecido durante esos años de espanto. El joven, atormentado por los recuerdos de sus amigos que no corrieron la misma suerte, se encargó de contar al mundo la tragedia de la Noche de los Lápices.

Tanto en la masacre de Trelew, como en esta ocasión los jóvenes fueron el primer blanco a destruir. Ser joven, en algún momento, pasó a representar la rebeldía, y esta característica nunca fue bien vista por aquellos que pretenden mantener el dominio imperante.

La sola posibilidad de manifestarse en contra de cualquier injusticia ya era considerada señal de subversión.

Por haber osado soñar con un mundo más justo, estos estudiantes secundarios fueron condenados a tormentos, a la muerte y a la desaparición. A estos jóvenes no se les respetó ningún derecho humano básico, utilizándolos para que sus narraciones, sus cuerpos o sus ausencias sirvieran de ejemplo con el fin de que el miedo desarticulara la masa estudiantil organizada y efervescente que ellos mismos habían ayudado a crear./TÉLAM
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* Título original:

Un hecho que marcó la memoria colectiva

Alejandro Diaz

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