El argelino silencioso

En el libro Desconsideraciones , que Seix Barrral distribuye el mes próximo, el autor de Crónica de un iniciado reúne una serie de ensayos sobre grandes escritores. Aquí ofrecemos, como anticipo, un texto sobre el creador de La peste.


El argelino silencioso

Camus lee el diario en las calles de París, en una imagen de 1959, dos años después de obtener el Premio Nobel Foto: AFP

«Muchos mueren demasiado tarde y algunos prematuramente.» Estas palabras de Nietzsche, apenas variadas por Sartre («se muere demasiado pronto o demasiado tarde»), pudieron también ser pensadas por Albert Camus y parecen escritas para él. Cuando Camus, absurdamente, se mató en un accidente automovilístico tenía 46 años. Absurdamente: escribir que esta muerte prematura fue absurda no es intercalar un adverbio emotivo, sino aceptar las leyes del mundo espiritual de Camus. En un universo absurdo, la muerte, si no se la ha elegido, es una contingencia tan irrazonable como la vida. Sólo que la absurdidad de ese accidente nos instala en el corazón de una doble paradoja. Toda muerte es estúpida, pero la de un escritor de 46 años, del que aún se espera todo, parece más paradojal y sin sentido; y al mismo tiempo resulta casi una fatalidad. Justamente por absurda, la muerte de Camus se constituyó como destino. Cuando tenía treinta años, escribió: «Existe un hecho evidente que parece enteramente moral: un hombre es siempre presa de sus verdades. Una vez que las reconoce no puede apartarse de ellas. No hay más remedio que pagarlas». Tuberculoso desde la adolescencia, sobreviviente de la miseria africana, de la guerra, del suicido -escribió un libro entero para justificar el no matarse y exaltar la esperanza en un mundo que afirma la desesperación y niega la vida-, parecía inmunizado contra la muerte. Sólo podía matarlo el azar. Pero, si es cierto que siempre pagamos por nuestras verdades, el azar es una forma secreta del destino.

«Mi obra no ha comenzado», solía decir. En Estocolmo, en su discurso ante la academia sueca, se describió a sí mismo como un hombre «cuya obra está todavía en el telar». Se tiene la tentación de creerle.El extranjero , La peste , La caída , unas pocas piezas de teatro, de las cuales sólo una ( Calígula ) puede ser considerada definitiva, algunos relatos y ensayos impecablemente escritos conforman la obra total de Camus. Una obra que cabe en dos tomos pero que bastó para hacerlo célebre en el mundo a una edad en que otros escritores comienzan a ser leídos desganadamente por sus contemporáneos. ¿Cuáles son las razones por las que estos libros se convirtieron en decisivos para nuestra generación, mucho antes de que el Premio Nobel instalara a Camus en el ambiguo panteón de los inmortales en vida? No fue, sin duda, su esplendor formal: en una literatura donde aún reinaban Gide yValéry, la indiscutible belleza de la prosa de este argelino no bastaba para hacer de él lo que fue, un escritor necesario. Su originalidad, tampoco. Camus no pretendía ser original. Era deliberadamente clásico, deliberadamente lejano a veces, deliberadamente atento a las simetrías del francés y a sus resonancias. El más memorable de sus postulados («No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio») nos suena estudiadamente temperamental, demasiado escrito. La más ambiciosa de sus novelas, La peste , no alcanza a rebasar un género que a Poe le parecía fatal para la literatura: la alegoría. Qué, entonces. La respuesta es conocida por todos: Camus soñó un mito contemporáneo: el del «extranjero», y fue, en nuestro tiempo, el último gran moralista ateo. En un mundo absurdo, sin Dios y sin finalidad, Camus se empecinó en defender la moral del hombre absurdo. Toda su filosofía podría resumirse en una sola idea fundamental: la vida es sagrada. No hay razones metafísicas ni religiosas para vivir, pero existen razones éticas para no suicidarse. Nadie, justo o injusto, puede justificar la existencia, pero tampoco nadie tiene derecho a matar, ni siquiera en nombre de la justicia. Sólo excluía de esta moral el asesinato y el suicidio políticos. Que yo recuerde nunca lo escribió, pero seguramente pensaba que el arquetipo del suicida por una causa justa fue Jesús. En cuanto al crimen político, sólo lo justificaba si el matador de un hombre paga esa muerte con su propia vida.

Este cristiano ateo, este anarquista piadoso se situaba más allá de la política. O dicho de un modo mejor: Camus ponía la moral por encima de la política. Que tuviera razón o no, o que yo suela pensar que efectivamente tenía razón, no cambia las cosas. Camus tenía razón en una historia que se la negaba. Las rebeliones de los hombres, las guerras, la revolución exigen semiverdades pragmáticas, no bellos evangelios absolutos. Camus escribió en un tiempo en que criticar al partido comunista era juzgado, invariablemente, como hacerle el juego a la derecha, y aunque invariablemente no lo fuera, también es cierto que políticamente resultaba así. No le importó. En contra de los comunistas, en contra de la izquierda, en contra de sus mejores amigos, denunció los campos de trabajo soviéticos y el cinismo de ciertas prácticas llamadas revolucionarias. Llegó a escribir: «Si, finalmente, la verdad estuviera a la derecha, ahí estaría yo». Era demasiado, aun en Francia, aun para un anarquista existencial que había luchado en la Resistencia. La izquierda entera lo excomulgó. La derecha que lee libros celebró su conversión, y, sin entender nada, pensó que Camus había regresado a casa como el hijo pródigo.

De esos años es su polémica con Jean-Paul Sartre. La respuesta de Sartre es uno de los textos más lúcidos y feroces que un amigo haya escrito sobre otro. «Nuestra amistad no ha sido fácil pero la echaré de menos», comenzaba esa respuesta. «Si hoy la rompe usted, es porque estaba destinada a romperse…» Y luego: «La gente, acobardada por esa mezcla de suficiencia y sombría vulnerabilidad que hay en usted, nunca se ha atrevido a decirle más que medias verdades…». Lo demás, se ve venir. Treinta páginas después, la carta de Sartre termina: «Su moral se transformó primero en moralismo; hoy no pasa de ser literatura; mañana tal vez sea inmoralidad». Camus ya no contestó.

Los hombres de mi generación sabíamos de memoria los párrafos más elocuentes de esas cartas. Tal vez pueda decir que yo tenía menos de 20 años en ese tiempo, y no vivía en París, sino en un pueblo de la provincia de Buenos Aires: esa polémica dividió a una generación, en todo el mundo. Se era revolucionario o se era moralista. No sabíamos que Camus y Sartre demostraban lo mismo. Camus tenía razón contra los comunistas, Sartre tenía razón contra Camus. Hoy sabemos que la razón no prueba nada: se puede tener razón y ser injusto.

Hacia 1959 pareció que Camus no volvería a hablar. Uso deliberadamente el verbo: el mutismo de Camus era la ausencia de una voz, no de una literatura. Como el último Gide, decidió la soledad y el silencio. No volvió a hablar de Argelia, no alcanzó a hablar de Cuba. La izquierda, es cierto, ya no podía contar con él, pero la derecha al menos no iba a poder usarlo.

Un día se mató, en un accidente absurdo. Por fortuna, Sartre no había muerto a destiempo y pudo escribir: «Nos habíamos distanciado él y yo. Un distanciamiento no significa gran cosa, aunque resulte definitivo, a lo sumo una manera de convivir… Eso no me impedía pensar en él, sentir su mirada fija sobre la página del libro o del diario que leía y preguntarme: ¿Qué dirá él de esto? ¿Qué dirá de esto ahora?»

En 1994, se publicó por fin El primer hombre , la novela póstuma de Camus. No sabremos nunca qué hubiera llegado a ser ese libro, pero sabemos lo que es. Una confesión fragmentaria, patética, dichosa. Tal vez su obra más desolada y sincera; tal vez, la más genuinamente grande. La menos escrita, la más hermosa. «Posiblemente usted haya sido pobre, en otro tiempo», le había escrito Sartre en 1952, «pero ya no lo es: usted es un burgués como Jeanson y como yo». Este libro contesta desde la muerte a eseposiblemente y, acaso, refuta el resto la afirmación; de la miseria africana de un Camus, no se hace un burgués, aunque se haya dejado de ser pobre. Un apunte de una de las páginas sueltas del libro también da cuenta de esto: «Lo que me ha ayudado a soportar la suerte adversa me ayudará tal vez a recibir una suerte demasiado favorable, y lo que me ha sostenido es la grande, la grandísima idea que me hago del arte». Otro apunte responde por su silencio: «La nobleza del oficio de escritor está en la resistencia a la opresión, y por lo tanto en decir sí a la soledad». Otro, parece enjuiciar a la intelectualidad entera de Francia. Dice: «Lo que no querían de él, era el argelino».

© LA NACION

Castillo y el oficio de la escritura

Arlt, Sartre, Hesse, Hemingway, Poe, Chejov, Quiroga, Neruda y Mujica Láinez son algunos de los escritores sobre cuya vida y obra reflexiona Abelardo Castillo en los ensayos que integran Desconsideraciones (Seix Barral). Además de desentrañar secretos del oficio de escribir, en estos textos el autor de El que tiene sed (1985) se permite cuestionar ciertos lugares comunes de la crítica literaria. De algún modo, este libro se enlaza con una obra suya anterior, Ser escritor (1997), y permite también, de modo indirecto, regresar a las claves y las obsesiones de la narrativa de este autor argentino insoslayable nacido en San Pedro, provincia de Buenos Aires, en 1935.

Alejandro Diaz

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