JOSEFA – CAUTIN Y LA REFORMA AGRARIA

El día parecía que iba a estar  despejado. Las montañas, desde Malalhue hasta Paya y más allá, por Emulpan y Huiñoco, en Chanlelfu y por las montañas que eran bordedas por  la línea del tren, desde la cuesta de Lastarria hasta las montañas de pino radiata, que terminaban en la Paz, se expandíaquella luminosidad habitual y helada de un día de primavera. Un día de primavera con escarcha. Los antiguos decían que estos días así ocurrían desgracias. Que desgracias podían ocurrir,_pensaba Josefa- salvo que no llegara café al supermercado o que la recién inaugurada  JAP no tuviera aceite. 

Miro por la ventana, por los marcos de las ventanas que no tenían plástico y observó que se empezaba a levantar un vapor cadencioso de los techos y que se confundían con algunos humos de las estufas, que comenzaban a  encenderse en el pueblo vegetal. Eran los meses de la primavera del 71.

Cerro la puerta  y sin despertar a nadie, penso  la reunión de anoche. Había que celebrar el fin del latifundio, le dijeron y sin embargo, los latifundistas seguían existiendo alli todos los dias y reian al pasar camino del correo a revisar sus casillas que abrian con autoridad sonora, buscando aparatosamente la llave de aquellas decenas que mostraban su poderio de dueño de fundos. Ella los veía todos los días y no tenían cara de derrota. Es cierto que se habían expropiado, pero parecía que el poder de ellos no había disminuido y parecía que  cada día estaban más virulentamente violentos. Cada día hacían ostentaciones más grandes de su poder, entre la oficina del Banco el Estado y la revisión demostrativa, insultante y prepotente de esas casillas de correo. Siempre le había aparecido un grito insultante ese desplazamiento de los latifundistas entre el Banco, el correo, el municipio y las ferreterías que los abastecían. Se desplazaban como señores feudales por la plazoleta de su castillo. Se saludaban entre si y se reconocían por el sombrero huaso, las botas y la chaquetilla corta. Y en sus manos, exhibian  las chequeras autosuficientes que paseaban d emano en emano mientras se saludaban entre ellos,  entre la Olleta, que era un ferretería que mostraba una descomunal olla de fierro y el martillo que paraba un falico mazo descascarado frente a la plaza de armas. Eran los nombres de sus tiendas de abastecimiento. Algunas otras cosas compraban en las tiendas de los turcos alrededor de la plaza. Ella los miraba de reojo, desde el piso de las oficinas de la Cora y la reforma agraria. Ahí estaban expropiados , pero plenos de poder insultante.

El díavanzaba y  ahora estaba soleado y no había nubes encapotadas. Era el primer día de primavera y en Cautín eso se veía como una buena señal de los dioses. Negechen estaba de buenas, decían los mapuches y los  campesinos mestizos, imitando a sus congéneres mapuches del lof vecino…asentían con un si dios quiere.

La toma y corrida de cercos había finalizado y el fundo estaba expropiado. El Rumano que era un desvencijado jeep de aquellos donados por el socialismo, se quejaba de múltiples maneras y el polvo de los caminos de ripio iba dejando una patina gruesa en los asientos de plástico, y en nosotros se nos constituíuna segunda piel de una palidez café terrosa. Las asignaciones estaban hechas y hoy era el día de la primera reunión del asentamiento. El agrónomo y el chofer adelante y nosotras, en el asiento posterior revisábamos los apuntes de la charla y el taller de alfabetización. Hasta ultima hora, la noche anterior, las laminas del método psicosocial de Freire, nos habían acompañado para tematizar y encontrar las palabras generadoras, que serian nuestra entrada en el asentamiento que recién se constituía…Asentamiento Moisés Huentelaf, en honor a la victima que  los latifundistas habían asesinado unos meses atrás.

Algunos letreros esparcidos mostraban los restos de la contienda de los meses pasados. Un vehículo incendiado del latifundista que había intentado oponerse a la toma del Fundo estaba a la orilla de la entrada del ahora Asentamiento Tierra y Combate. No había sido fácil y los heridos se contaban por docenas después de la ultimada arremetida de los pacos y de los fascistas de patria y Libertad. Los peñis del lof habían ayudado y mucho y las lomas que iban extendiendo por el camino interior, hacia el cual enfilamos mostraba pequeñas casamatas de troncos que habían servido como empalizadas para parar las balas y perdigones. Algunos esparcidos en la pampa verde mostraba restos de banderas chilenas. Y todavía, según el chofer, se olía lacrimógena. Según el agrónomo era pólvora. Para nosotras, era el olor del bosque y de las tierras húmedas que nos impregnaban el rostro de rocío y de sol mañanero. Era un buen día de sol en Cautín.

Enfilamos hacia las casas. Allí estaban las flamantes oficinas de la directiva. Era el chalet del ex patróy que, dada su resistencia a entregar las tierras, había quedado sin  reserva de  tierras como decía la ley. Su prepotencia lo había condenado a perder todo o casi todo. Salvo lo que se le pagaría por esas tierras. El taller iba en esa dirección. La primera palabra generadora seria justicia. Y el rotafolio mostraba esa primera palabra para iniciar la alfabetización. Mas de la mitad de los inquilinos del fundo no había pisado la escuela. El presidente no sabia leer y el tesorero solo firmaba. La segunda palabra seria Montaña y aparecía en la segunda lamina, casi igual a la que se mostraba erguida en el paisaje   detrás de las casasla Montaña de Quesquechan. A solo un par de kilómetros del pueblo, el fundo había sido coto de explotación cerrado para el mundo exterior. Todo era manejado con mano de hierro por Smitman y la pulpería a metros de la casa patronal, todos los meses, se quedaba con la paga  de los inquilinos, afuerinos, medieros y jornaleros. La plata solo servía para caminar unos metros entre la oficina del capataz que la entregaba de mala gana y el pulpero que la recibía  con sonrisa, entregando cada mes menos de todo: menos tallarines y menos azúcar y menos yerba.

Finalmente nos detuvimos en la entrada del galpón principal. Allí estaban dispuestas. Las bancas como cuando se hacían misiones y venia el curita del pueblo a casar y confesar. O cuando se rezaba el mes de maría, allá en noviembre y la gringa, la mujer de Smitman aparecía con las señoras del pueblo dirigir los canticos y traer ropas viejas para los pobres del fundo, que al final de los rezos, se congregaban para recibir las dadivas conmiserativas, que en las pilguas se recogían entremezcladas, en donde sobresalían aleatoriamente alguna manga de camisa o un cuello de veston ajado o el ojo tuerto de una muñeca… para su hijita Sra.  rosita. No olvide que el sábado la espero para el lavado…Al fondo ya no había flores ni virgen maría. Un cartel mostraba la imagen de una horqueta y una echona y las letras pintarrajeadas del Asentamiento Campesino Tierra y Lucha. Mas allá, la imagen del Che, compartía el podio encima de una mesa de blanco mantel, con la imagen de Allende con banda terciada.

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