La realidad del pasado

LA REALIDAD DEL PASADO SE CONSTRUYE EN EL PRESENTE:
UNA LECTURA DE ANSKERMIT.
                                                                       Alejandro  DIAZ
Y lo que una clase mas novedosa de historia anuncia como penetración mas profunda de la realidad del pasado a menudo es en realidad lo opuesto, a saber, un paso fuera del espacio del pasado en dirección al espacio del lector (es decir del presente)[1]
La narración histórica se parece a una terraza: tras subir la escalera de sus declaraciones individuales, se contempla un área que excede por mucho aquella sobre la cual se construyó la escalera[2]
(…) la idea histórica nace solo en el espacio entre interpretaciones narrativas rivales y no puede identificarse con ningún (conjunto de) interpretaciones específicas[3]
EL PASADO  DE  LOS MESTIZOS ES NUESTRO  PRESENTE    A  HISTORIZAR.
La realidad del pasado del Biobío  y sus fronteras,  recursivas y  plegadas   en infinito despliegues,  es una construcción  de los presentes de los sujetos que la invocan. Así, la historia cultural de una época y su tiempo, es un pliegue doblado de múltiples formas que relatan el  contacto  de dos o más configuraciones sociales. No hay tal fusión en un mestizaje homogéneo ni mestizos, herederos de una tercera  cuestión biológica o cultural. Lo que se desarrolla en una interminable madeja de urdimbres, dispuestas en telas abigarradas de  entrelazados múltiples. Inacabables.
Nosotros solo  tematizamos los pertinentes para  contar una historia. La historia de los mestizos y mestizas que emergieron  en el despliegue de la conquista abortada del Biobío. En la conquista como tarea inconclusa, se hizo más evidente la tesitura del pliegue del mestizaje  nómade  que comenzó a transitar sin sujeción a normatividades y  que   mostró desde su germinación y contacto una inapelable voluntad de ser. Los mestizos circularon por todo el trayecto de la conquista, pero se estabilizaron en un tiempo de dos orillas en el río Biobío. Allí comienza esta historia de mestizajes como palimpsesto y oxímoron.
LOS MESTIZOS COMO “OBJETO HISTÓRICO CULTURAL
¿Qué hace posible que  emerjan los mestizos como “objeto histórico cultural”? o ¿como se vuelve   pasado lo que es contemporáneo  o para parafrasear a Ankersmit de manera contraria-  como es que se desarrolla  una historización del presente? ¿Es esto posible? Nos dice Ankersmit que Ginzbug es lo que hace con su microhistoria. Deja en suspenso la delimitación de la  línea divisoria entre pasado y presente. El molinero y su rebeldía   epistémica e histórica para interpretar el mundo,  es un acontecimiento de verosimilitud contemporánea. En otras palabras, al abordar la realidad de los mestizos y su mestizaje en el Biobío, lo hacemos pensando que ellos son nuestros antepasados y que son perfectamente verificables con nuestros  coterráneos contemporáneos. El pasado aquí se pliega con el presente, por medio de una   articulación histórica que hace ver como ese “pasado” se muestra  en forma tan directa a  nuestra mirada.
Pero también sucede que se desnaturaliza algo que estaba incorporado en la historia oficial: el que este espacio temporo espacial ya “había recibido el tratamiento histórico” y por tanto ya había sido hablado e historiado y por tanto ya nada más se podía decir de aquel. O era irrelevante. ¿Había habido un sujeto social? Si, pero  fue bandido y peón vagabundo ¿Existieron comunidades de labradores? Sí, pero eran flojos y terminaron siendo arrojados a la modernidad civilizatoria de Santiago. ¿Y si existieron estos labradores? ¿De dónde emergieron? Fueron colonos pobres arrojados a un espacio insterticial que se supone sobrevivieron en el mestizaje y que fue rechazado por ambos  contendientes, españoles y mapuches. Deambulaban por las afueras de los fuertes, productos de  los amancebamientos, ilícita amistad y comunicaciones amorosas entre los jóvenes soldados españoles y las “mujeres del país”. Asistimos aquí al desarrollo de  un “historismo”, en donde el historiador, en tercera persona, asume la voz de dios impartiendo la periodización y sus características para la historia de Chile y sus componentes de primer  y segundo plano. Evidentemente las preguntas  arriba señaladas son aquellas de segundo plano, que mas tarde serían efectos residuales de una modernidad que requiere del logos civilizatorio.
  
EL PENSAR LA HISTORIA CON METAFORAS.
Gadamer ha  señalado que “un pensamiento verdaderamente histórico tiene que ser capaz de pensar al mismo tiempo su propia historicidad…Una hermenéutica adecuada debe mostrar en la comprensión misma la realidad de la historia. Al contenido de ese requisito yo le llamaría “historia efectual…entender es esencialmente un proceso de historia efectual…”[4] Para Ankersmit esta historia efectual seria un movimiento. Un movimiento perpendicular al flujo del río del tiempo de Mink, que la historización de la comprensión configurativa en Mink no tiene origen ni final[5]. Es decir, un movimiento que se mira a así mismo como escrito histórico, desde, dentro de la misma historia que esta relatando. En ese proceso, es cuando la metáfora se detiene y se torna insuficiente, o deja de servir, y con ello también la epistemología como punto de vista.Entonces, también el contexto deja de sustantivizar la “verdad” del objeto histórico” que hemos elegido como actor central de nuestro escrito. Así, colapsadas las metáforas y colapsados los puntos de vista, dice Anskermit, los elementos desplazados se independizan y se autonomizan. Y el resultado es la fragmentación en la imagen posmoderna del pasado.
¿Y quien según Anskermit habría desarrollado tempranamente esta autonomización de los objetos del pasado? Nada menos que un portento de la historiografía del siglo XX, el mismo Braudel, que en el mediterráneo habría”desfamiliarizado el pasado y socava  de manera sistemática  toda noción fija  acerca del pasado que podamos tener[6] Braudel contendría las semillas de la desintegración de un entendimiento metafórico sintético del pasado”[7].De esta forma, a Braudel le acompañarían Ginzburg y la microhistoria y la genealógica de Foucault. Ellos habrían incursionado tempranamente en una pista de  acción de una historia efectual, que es capaz de atacar el centrismo sintético, como práctica de un observador trascendental  en  la historia.
Y entonces, como es posible, desarrollar una perspectiva de trabajo histórico, que siendo capaz de romper con los puntos de vista” sintético, que en la síntesis, subalternizan, ocultan, invisibilizan, suplantan, estereotipan, fuerzan, violentan, conquistan por segunda o tercera vez el  devenir histórico del otro, armonizan en la homogeneidad que violenta, y que pueda a la vez,  construir esa desfamiliarización para producir la “sensación histérica” de recuperar un objeto-sujeto histórico que hacia falta en el presente y que por su ausencia se desarrollaba nostalgia, aún cuando se desconozca en la conciencia la existencia de ese elemento-sujeto-objeto por el cual se sufre nostalgia.
Digamos que en las ondas de larga duración de las configuraciones sociales, la presencia de inconcientes colectivos territoriales, estamentales, étnicos y de clases sociales, sufriría también la ausencia dolorosa de constelaciones sociales culturales, que formaron pliegues sustantivos en su conformación social y que al ser ocultadas o violentadas o reducidas al silencio, brotan recurrentemente como ausencias sociales inconcientes. Entonces, el historiador que realiza su historia desde esa configuración dolorosa, no puede menos que construir en la nostalgia y  construir en el presente la diferencia ausente, para reestablecer la armonía de larga duración de la configuración social de la cual el es su historiador Así se habría unido la pre modernidad del chaman oráculo de la comunidad con la presencia del historiador, fuera de la modernidad, que construye suturas y eslabones de las cadena del adn de las identidades culturales, que reclaman esas mismas suturas. Así, construir  imaginarios en el presente, otorgándoles legitimidad respecto del pasado, se transformaría en una  terapia colectiva, que se completa  con la lectura y la reconstitución de las subjetividades que se movilizan con ella.
O como dice Ankermit:
 La independencia  de los objetos que se aborda en la historia de las mentalidades nos da una experiencia de lo ominoso, porque de forma correcta encubrimos en tales objetos partes extrañas de nuestra identidad cultural e históricas… es precisamente ese aspecto de ellos el que se investiga en la historia de las mentalidades; sin embargo, no se investigan como objetos, sino como objetos que encarnan una “distancia” de nosotros. La independencia ominosa de los objetos que analiza la historia de las mentalidades no sirve para objetivar el pasado, sino, al contrario, para deshacer la objetivación (histórica y positivista); sugiere la misteriosa existencia de un reino entre nosotros y el pasado reificado el historista y del positivista[8]
Entonces el pasado se libera y comienza a desarrollar una independencia “ominosa” y no se atendrá a las configuraciones lineales de  la historia positivista. Cada momento de  ese pasado  se rebelará y comenzará a transitar de modo distinto y en el presente podrá reclamar a ese momento nuevos modos  de interpelación para suturar la nostalgia y porque ella será siempre la fundadora de nuevas hambres de identidad.
”Sin embargo, aunque los sucesos de nuestro pasado personal o los hechos de la historia humana asuman esta independencia ominosa entre si, se nos presenta una compensación de esta disolución de la coherencia del pasado, puesto que estos hechos pueden presentarse ahora con la intensidad de la añoranza nostálgica. Por una paradoja curiosa, la disolución del pasado historista es la condición de la posibilidad de tener lo que en realidad es una experiencia del pasado”[9]
Cuando la experiencia de otredad del mapuche nos confronta con una parte de si mismo negada, estamos mas dispuestos a hacernos cargo de nuestra infinitud de pliegues (pliegues y no fusiones) de mestizaje, entre ellos uno quizás el mas importante, el pliegue mapuche. Y cuando nos hacemos cargo de la nostalgia que produce, es porque ella es parte de nuestra identidad que fue ocultada y reprimida y entonces surge el dolor por la perdida y surge el dolor por la inconmensurabilidad de la  tarea de procesamiento en nuestra identidad. Entonces, allí surge el objeto histórico del mestizaje como modo de resolución de la perdida histórica para recomponerlo o reintegrarlo en nuestro presente para suturar el dolor de la nostalgia por aquello negado.
¿Porque trabaja el historiador? No es solo para cumplir con su oficio profesional. Entendemos que existe una pulsión por desarrollar relatos que permitan cerrar las brechas que producen incomodidad. Esas brechas que producen la diferencia y que están a la base de la nostalgia, que como dice Ankersmit, producen  esa parte de nosotros que se nos volvió distinta, ajena y ominosa”[10]  
LA NARRACIÓN  HISTÓRICA DEL BIOBIO.
(…) esta unidad y esta cohesión no yacen en el pasado en si y, por tanto, el historiador no puede descubrirlas, como si siempre hubieran estado ahí. El historiador da esta unidad  y cohesión al pasado por medio de sus propuestas narrativas respecto de cómo debe verse el pasado. La unidad y la cohesión no son propiedades del pasado, sino de la narración histórica que se propone para interpretar el pasado[11]
La narración histórica y el uso del lenguaje por parte del historiador son, por tanto, no solo de interés para los historiadores y los filósofos de la historia, sino para los filósofos del lenguaje en general. Uno de los hechos mas fascinantes del lenguaje en general es que no solo expresa conocimientos sino que también se usa (en el sentido verdadero del término) para construir entidades lingüísticas que son tanto lenguaje como cosas. Y estas entidades lingüísticas son las matrices para la generación de un conocimiento nuevo[12]
El siglo XVIII del Biobío es entonces una discusión con respecto   a  los modos de interpretación de un objeto histórico, que hasta aquí ha sido nombrado como frontera, asociando a este concepto, toda una matricería interpretativa de procedencia norteamericana y posteriormente, aun cuando aparece por primera  vez una construcción que tiende a constituirla como un objeto histórico con peculiaridad intrínseca. Antes, ya había sido  interpretada como un “lugar paisaje”, que había sido escenario de hechos guerreros de la independencia” y con ello la historiografía positivista de Barros Arana-Encina había dado por saldado la presencia de una zona particularmente molesta para la interpretación homogénea para la historia de la nación”.
Nos sigue diciendo Anskertmit, que “admiramos  a los grandes historiadores como Ranke, Tocqueville, Burckhardt, Huizinga, Reinecke o Braudel, no por la exactitud de sus descripciones y explicaciones de situaciones históricas, sino por la interpretaciones panorámicas que ofrecen de grandes porciones del pasado[13] Aquí a nuestro juicio se encuentra una de las expresiones mas confiables para tratar de entender las características del trabajo del historiador como sujeto que se decide a optar por interpretar las necesidades relevantes de dar sentido a su vida actual por medio de una estructura de seguridades que le permita actuar en el devenir. Así, la historia interpretada es una acción correspondiente, que acompaña como un ángel omnipresente a la acción diaria, este guiada o no expresamente por un proceder racional, con arreglo a fines y objetivos. Es mas, en esa mayoría de acciones que se originan en la condensación de habitus del campo, en donde se sitúa el actor que interpreta, reconfigura sus recuerdos por medio de una vinculación con el pasado colectivo que el construye como suyo. Allí,   establece una estructura de sentido que se corresponderá con la estructura de sentido contemporánea para desarrollar su acción como agente que se decide a ser histórico, en la medida que construyó una plataforma-terraza de mirada amplia del porvenir, que por medio de este acto supera el devenir como mera multiplicación de condiciones anidadas en las condiciones genoestructurales de un sistema social. De esta  forma, la historia, el historiador y el sujeto que actúa  en esa plataforma interpretativa, transitarán por medio de ramalazos  de seguridades existenciales, que requerirá incesamente reproducir en el bucle de la reproducción social.
Y lo anterior no tiene nada que ver con aquellas percepciones que tratan de homologar todas las acciones humanas a un patrón de  repetición incesante y que según Hume  existiría una gran uniformidad en la acciones de todos los hombres. Aquí estamos diciendo que precisamente la diferencia infinitesimal de todas las configuraciones sociales, revelan su historia y su contextualismo radical, precisamente a partir  de la practica incesante de la necesidad de construir sentido y desarrollarla como acción colectiva, como estructura de sentido, sin arreglo a fines racionales, sino que como expresión de “costumbres en común” que otorgan estructura a las colectividades y configuraciones sociales. La operación histórica se realiza en el presente, inevitablemente y no en el pasado recreado por medio de la acción brillante del historiador que es capaz de pensar como “el agente histórico que estudia el historiador” como señala Anskertmit, a quien seguimos libremente en esta parte.
 
Si la operación escritural historiográfica se realiza en el presente, deviene de suyo que ésta debería realizarse en aguda confrontación con otras interpretaciones históricas acerca de un espacio tiempo histórico. Si eso no sucede, como es de común ocurrencia por estos lares, entonces tenemos una acumulación acrítica de propuestas interpretativas que no discuten y que no se confrontan. Si ello sucede, entonces la pregunta que sigue es ¿por qué? Y allí Bourdieu nos puede ayudar, cuando señala que el campo intelectual es  una realidad virtual y real, en donde se desplazan las vertientes de poder dominante y sus ideas y que conforme con ello, las ideas dominantes de   ese campo intelectual están reflejando algo de lo que pasa con el poder en el conjunto de campos interactuantes de una determinada configuración social. Si esto es así, entonces, no queda menos que aceptar que no existe discusión historiográfica porque ese campo ha desarrollado consensos que imponen una visión dominante. Y lo que es más interesante: que las propuestas interpretativas historiográficas, supuestamente contestarias, han devenido en artículos exóticos, que se muestran como ejemplo del  consenso. Pero que su sola presencia sin lucha, les ha limado sus filos historiográficos interpretativos. En otras palabras, por ejemplo, mientras Labradores, Peones y Proletarios se mantenga solo como lectura y no como instrumento de legitimación de un campo intelectual, ese campo dominante lo soporta como un articulo exótico, que inevitablemente ira perdiendo filo interpretativo. Así, los autores eventualmente contradictores,   dialogan en una paz historiográfica republicana. ¿Resultado? Barros Arana reina en el inconciente colectivo.


[1] F.R. Ankersmit, Historia y tropología, ascenso y caída de la metáfora, Fondo de Cultura Económica, México, 2004, p. 292.
[2] Ibídem, p. 85.
[3] Ibídem p. 86.   
[4] F.R. Ankersmit, Historia y tropología, ascenso y caída de la metáfora, p. 426 citando a Gadamer en Verdad , p. 370
[5] Ibídem p. 426
[6] Ibídem p. 436
[7] Ibídem p. 436
[8] Ankersmit, Historia y Tropología, óp. cit., p. 450.
[9]  Ibidem,  p.  456.
[10] Ibidem,  p. 457
[11] Anskermit, Ibidem, p. 185
[12] Ibídem, p. 190
[13] Ibídem p. 114
Alejandro Diaz

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