A PROPOSITO DE LOS ESENCIALISMOS  INDIGENISTAS  Y   DE   LOS ESENCIALISTAS  RACISTAS :  MESTIZAJE DESDE ABAJO Y DESDE DENTRO.
 
 
¿De qué estamos hablando?
YO SOY…
 
«…Tengo la piel morena, los pómulos pronunciados, los ojos color aceituna, unas piernas sólidas y una historia no contada. Soy mapuche, mapuche-urbana. Nacida, criada y discriminada en el Santiago encementado. Me llamo Jéssica, así como otras mujeres de origen mapuche se llaman Jocelyn, Jacqueline, o llevan el nombre de la princesa de turno de la década en que les tocó nacer. Al principio, a mi me daba lata mi nombre, eso hasta que caché que era el femenino de Jesús, entonces lo encontré de lo mas bakan. O sea mucho mejor que si me hubiera tocado una mamá hippie que me hubiera puesto Rayito de sol, Almendrita o Nubecita negra, o una mamá religiosa que me hubiera puesto María Purísima, Inmaculada o algo así, tan difícil de mantener bien puesto en el tiempo…Mi vínculo con la tierra, es solo la que arrastro en las suelas de mis zapatos. No todos los mapuche tienen tierras; no todos los hombres mapuche son como Lautaro, ni las mujeres mapuche como Wacolda. De hecho, mi abuelo mapuche, hasta donde lo recuerdo era un alcohólico, fumador empedernido y explotador de sus hijas. Las trajo muy pequeñas desde el Sur para emplearlas en Santiago. Él no trabajaba; las ofrecía para los mandados, casa por casa, y las esperaba al regreso para que le entregaran el dinero. Mi madre se avergonzaba de su origen, lo mismo que sus hermanas. Ellas incluso optaron por cambiar su apellido. Obvio que así, no me transmitieron ni cultura, ni orgullo, ni seguridad, ni nada que sirviera siquiera para entender porque me molestaban por mí apellido. Mi madre no se cambio el apellido, pero lo ocultó cuanto pudo, y cuando se casó optó por firmar utilizando el “de….” que se acostumbraba entonces, indicando la propiedad del marido sobre la esposa. Yo al principio no entendía nada. Pasé una gran vergüenza cuando supongo al terminar el primer año de escuela, con escasos 5 años, tuve que por fin presentar mi documentación oficial. Yo, y las profesoras pudimos conocer mi nombre verdadero. De allí en adelante cada comienzo de año era un suplicio, cuando a los profesores se les ocurría pasar la lista con el nombre completo. Eso duró hasta los 11 años, edad en que entré al liceo y decidí que nadie más me molestaría, ni mucho menos se burlaría de mi origen. A la primera risotada, les di un discurso que tiene que haber impactado más que mil puñetes. Supongo desde entonces aprendí a golpear con las palabras. La discriminación todavía ocurre en los colegios de Chile. Los niños y niñas de origen mapuche son siempre objeto de burla, no solo de sus compañeros, sino también de sus profesores. Es común que en la sala de clases y en la de profesores se refieran al “indiecito” o a la “mapuchita”. Pero claro también lo hacen con los niños peruanos, con los homosexuales, y esto lo replican los niños con otros niños, y entonces se sienten superiores de otros por tener la piel un poco menos oscura o el pelo un poco menos chuzo. Yo por mi parte, todavía no termino mi camino. Tierras no voy a tener, porque mis parientes sureños se quedaron con ellas a la mala, en tiempos del dictador. A mi madre y mis tías les robo pedacitos de historia de su breve estadía en los campos sureños, y de paso las confronto con su origen. Yo no me siento ni mapuche, ni chilena, ¡no! solo creo que soy una mezcla un poco rara del todo con la nada…»
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Jessica Delgado Ñanculeo
 
(A quien pido excusas por usar su carta web sin haber podido contactarla)
Alejandro Diaz

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