LA CRITICA PENDIENTE: LA  CRÍTICA  EPISTEMICA   AL   DESARROLLO.

Apuntes de clases.
Escuela de Sociologia
Teoría del Desarrollo
Universidad Central
Alejandro Díaz

1.      La cuestión epistémica o la necesidad (otra vez)…de deconstruir lo obvio.

No existen mayores posibilidades de salir de la camisa de fuerza de la colonialidad como sistema de pensamiento, que intentar elaborar una pormenorizada construcción respecto de la genealogía del desarrollo. Si Foucault nos advierte sobre la genealogía del racismo, y con persistente razón, en América Latina, idéntico programa deberíamos intentar y plantearnos con idénticos propósitos. El desarrollo”  está incorporado en casi 70  años de devenir de las sociedades en América latina y su potencia cultural dominadora como episteme, es todas luces una cuestión política. A través de ella nos hemos pensado a nosotros y con ella hemos construido imaginarios políticos. Sin embargo, la pregunta al final de los fracasados caminos desarrollistas, se yergue la pregunta final: ¿es lícita la imagen a la cual nos hemos tratado de parecer? ¿Es sustentable la  idea de modernidad con la cual han trabajado todos los organismos internacionales y nacionales para levantar un ideario  expulsor de supuestas cualidades atrasadas de nuestros pueblos? ¿Cuánto de estos emblemáticos problemas, tan llenos de índices corresponden a nuestros deseos y aspiraciones con factura endógena o han sido puesto  en un ordenada y creciente lista de carencias, que siempre están para mostrarnos en el último estadio del supuesto desarrollo?

2.      El devenir del concepto…la imposición de la razón de la colonialidad desarrollista.[1]

Arturo Escobar nos señala acertadamente que fue Harry Truman,  quien primero nos hizo entender que éramos  atrasados. Y que junto a nosotros estaban los dos tercios del mundo definidos como tercer mundo y con un cuadro de debilidades que nos hacía insoportables a la vista pulcra del mundo de Europa y estados Unidos. Truman mostro cifras que sancionaban nuestro estado a veces inmaduro y a veces patético de pobreza y atraso.

En esas condiciones  de  los años 50 del siglo pasado se nos transmitió la idea de pertenecer a un mundo que debía modernizarse, para integrarnos a una gran carrera en donde   otros ya habían llegado y que sentían que debían hacer algo para que nosotros llegáramos hasta donde ellos ya estaban: es decir instalados en una trama urbana, rodeada de parques, con electricidad, teléfonos y políticas públicas que hacían inviable cualquier posibilidad de revoluciones o malestares sociales. Enojos que sin dudas, pertenecían por causas más que evidentes, a esa rabia por carencias insatisfechas que dañaban la subjetividad de poblaciones enteras. De no mediar el desarrollo, se nos decía, esta población, al borde de la anormalidad, transitaría a la locura individual y colectiva. Naturalmente las revoluciones  eran locuras colectivas, que evidenciaban empíricamente y a  todas luces, la existencia de sociedades anormales y anomicas. Escobar nos advierte que ello significó expandir tres dimensiones hasta el infinito a fin de que estas regularizaciones pudieran tener buen efecto duradero: uno, la posibilidad de intervenir en el mapa territorial de una ciudad, dos, constituir un conjunto de saberes académicos que con el nombre de planificación ordenan y sistematizan las formas de desatar los proceso de desarrollo y tres, una innovativa intervención en la economía, que en la formula Keynesiana le otorga patente de cientificidad . Así ve Escobar este proceso:

En resumen, el período 1800-1950 vio la progresiva intromisión de aquellas formas de administración y regulación de la sociedad, del espacio urbano y de la economía que resultarían en el gran edificio de la planificación a comienzos del período posterior a la Segunda Guerra Mundial. Una vez normalizados, regulados y ordenados, los individuos, las sociedades y las economías pueden ser sometidos a la mirada científica y al escalpelo de la ingeniería social del planificador quien, como un cirujano que opera sobre el cuerpo humano, puede entonces intentar producir el tipo deseado de cambio social. Si la ciencia social y la planificación han tenido algún éxito en la predicción y manipulación del cambio social, es precisamente porque se ha logrado ya ciertas regularidades económicas, culturales y sociales que otorgan un elemento sistemático y una consistencia entre el mundo “real” y los ensayos de los planificadores. Una vez que se organiza el trabajo de las fábricas y se disciplina a los trabajadores, una vez que se empieza a hacer crecer árboles en las plantaciones, entonces se puede predecir la producción industrial o la producción de madera. 25 En el proceso, también se realiza la explotación de los trabajadores, la degradación de la naturaleza y la eliminación de otras formas de conocimiento: sean las destrezas del artesano o las de quienes viven en el bosque. Estas son las clases de procesos que están en juego en el Tercer Mundo cuando la planificación redefine la vida social y económica de acuerdo con los criterios de racionalidad, eficiencia y moralidad que son coherentes con la historia y las necesidades de la sociedad capitalista e industrial, pero no con las del Tercer Mundo.[2]

 De esta forma, la silueta de América Latina puede ser vista como una enorme masas de materia prima dispuesta a ser modificada por la planificación como conjunto de estrategias emanadas de mentes modernizadas y modernas, que argumentan la inviabilidad de la condición tradicional de las sociedades indígenas, nativas o mestizas. Todas ellas deben estar dispuestas a organizarse en función de las grandes alianzas para el progreso. Es decir aquel ideario de Truman, modelado por las instituciones del nuevo capitalismo mundial en aquel pueblecito de Breton Woods: el FMI y BM. O como dice Escobar:

La historia del desarrollo en el período posterior a la Segunda Guerra Mundial es, en muchos sentidos, la historia de la institucionalización y despliegue cada vez más penetrante de la planificación. El proceso fue facilitado una y otra vez por sucesivas “estrategias” de desarrollo. Del énfasis en el crecimiento y la planificación nacional en los años cincuenta, hasta la revolución verde y la planificación sectorial y regional de los años sesenta y setenta; así como desde el enfoque de las “necesidades básicas” y la planificación a nivel local en los años setenta y ochenta, hasta la planificación del medio ambiente para el “desarrollo sustentable” o la planificación para “incorporar” a las mujeres y a las bases en el desarrollo, de los años ochenta, el alcance y las desmesuradas ambiciones de la planificación no han cesado de crecer[3]

Para que ello deviniera en una forma compulsiva de biopolitica se requería que el imperio dictaminara también de manera persuasiva el orden de las prioridades para la acción del cambio social, para organizar cada uno de los programas de asistencia de los sujetos clasificados como tercer mundo o como mundo subdesarrollado. Para ello, el mundo debía disponerse a actuar con la máxima eficiencia disponible de la ciencia social, trasformada en posesión de expertos tecnocráticos que construían  y sistematizaban los procesos. Si bien es cierto, que cada uno de los intelectuales de la teoría critica latinoamericana vaticinó, anticipó o constató la aparición de esos procesos, todavía no se ha desarrollado una exhaustiva ordenación de los arquetipos epistémicos que han modelado cada una de las políticas públicas y políticas sociales de carácter desarrollista. Y que han configurado las políticas estatales de las naciones supuestamente autónomas y autodeterminadas de América Latina. Escobar cree que este proceso se nos presenta prístino en sus actuaciones y según nosotros es también parte de la agenda progresista transformadora de no pocos gobierno de izquierda. El imperio pareciera mirar en forma complaciente el accionar de sus programas de biopolitica en la interioridad de radicales discursos transformadores. Una buena parte de la izquierda tecnocrática de América Latina habrá terminado encadenándose a este tipo de agendas públicas para “superar la pobreza” de manera adocenada y servil. No pocas mallas curriculares de las ciencias sociales estarán construidas para propiciar la producción de un tipo de tecnócratas, que no intelectuales, para gestionar ese tipo de estrategias de desarrollo. Escobar señala un resumen de esta cuestión que nos parece relevante de retener:

El desarrollo rural y los programas de salud durante los años setenta y ochenta pueden ser citados como ejemplos de este tipo de política. Ellos revelan también los mecanismos arbitrarios y las falacias de la planificación. El famoso discurso de Nairobi de Robert Mc Namara, pronunciado en 1973 ante la Junta de Gobernadores del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, lanzó la era de los programas “orientados a la pobreza” en el desarrollo, que se transformó en el enfoque de las “necesidades humanas básicas”. Central a esta concepción eran la denominada planificación nacional de la alimentación y la nutrición y el desarrollo rural integrado. La mayoría de estos esquemas fueron diseñados, a comienzos de los años setenta, en un puñado de universidades norteamericanas y británicas, en el Banco Mundial y en las agencias técnicas de las Naciones Unidas, e implementados en muchos países del Tercer Mundo, desde mediados de los setenta hasta fines de los ochenta. Se consideró necesario la planificación global de la alimentación y la nutrición, dada la magnitud y complejidad de los problemas de desnutrición y hambre. Típicamente, un plan nacional de alimentación y nutrición incluía proyectos en atención primaria de la salud, educación nutricional y complementación de alimentos, huertos escolares y familiares, la promoción de la producción y consumo de alimentos ricos en proteínas y un desarrollo rural integrado. Este último componente contemplaba medidas para incrementar la producción de cultivos alimenticios por pequeños agricultores mediante el suministro de crédito, asistencia técnica e insumos agrícolas, e infraestructura básica.[4]

Parecía que los diagnósticos ya habían sido hechos con bastante profundidad. En efecto no solo en términos sociales o de simulación de las carencias, brechas o ingresos, sino que también en términos políticos. No es posible dejar en el olvido aquella larga y extendida conspiración disfrazada de investigación académica, que fue denunciada en Chile en la década de los sesenta y que apareció como operación como Plan Camelot y que envolvía en un manto de dólares a la Universidad de Chile.[5]En ella se trataba de determinar el potencial de insurrección de los  tercer mundistas de América Latina y  ello estaba derivado de las amenazas de la revolución cubana. También era un conjunto de políticas públicas que se construían a caballo de la planificación. Es decir el desarrollo, también podía ser atacado y ello debería ser evitado a toda costa. Todavía no llegaban las dictaduras, pero estaban muy cerca y serian ellas las directamente involucradas en la ejecución de las agendas planificadoras de políticas públicas para tratar a esos seres pobres del tercer mundo latinoamericano subdesarrollado. Como dice nuestro autor que comentamos:

En breve, la planificación asegura un funcionamiento del poder que se basa en —y ayuda a— producir un tipo de realidad que no es ciertamente la del campesino, mientras las culturas y luchas campesinas se hacen invisibles. En realidad los campesinos han sido hechos irrelevantes aún para sus propias comunidades rurales. En su discurso del desarrollo rural, el Banco Mundial representa las vidas de los campesinos de manera tal que la conciencia de la mediación y de la historia inevitablemente implicadas en esta construcción es excluida de la conciencia de sus economistas y de la de muchos actores importantes como los planificadores, los lectores occidentales, las élites del Tercer Mundo, los científicos, etc. Esta narración particular de la planificación y del desarrollo, profundamente arraigada en la economía política y en el orden cultural en el período posterior a la Segunda Guerra Mundial, es esencial a esos actores. Realmente configura un elemento importante en su construcción insular como un “nosotros” desarrollado, moderno, civilizado, el “nosotros” del hombre occidental. En esta narración también, los campesinos, y en general la gente del Tercer Mundo, aparecen como los hitos de referencia, semi-humanos, semi-cultivados, frente a los cuales el mundo euro-americano mide sus propios logros.[6]

De esta forma llegamos a la situación actual, en la cual no podemos no cuestionar desde las ciencias sociales la noción de desarrollo y su par imbricado: la planificación. Decolonizar el pensamiento de las universidades parece adquirir una importancia central para plantearse de nuevo la necesidad de construir un modo de vida distinto. Esta es lo que parece estar en desarrollo en América Latina y son muchos los intelectuales indígenas y mestizos que reclaman la licitud de tal tarea. Ni el proyecto de la sociología de la modernización y tampoco solo la teoría de la dependencia, han conseguido  adentrarse en los circuitos neuronales de la profunda conjunción de pliegues epistémicos de mestizajes involucrados en la larga cadencia de olas culturales que están presentes en lo que hoy conocemos como América Latina. Una teoría del desarrollo en estas condiciones pareciera que significa imaginar otro desarrollo o un post desarrollo, para construir aquella situación que se está llamando de buen vivir o vivir distinto para usar las nombradías indígenas, o el mundo al revés que ha reclamado persistentemente el bajo pueblo mestizo desde la colonia. Con todo, afrontar un buen vivir parece implicar Decolonizar el pensamiento y por tanto construir una nueva episteme para mirar y mirarnos en América Latina



[1] Escobar refrenda este punto señalando lo siguiente en los pies de página de un documento que estamos siguiendo “…Para un interesante análisis de este documento, véase Frankel (1953:82-110). 2. Existieron, claro está, tendencias en los años sesenta y setenta que tenían una postura crítica frente al desarrollo, aunque fueron insuficientes para articular un rechazo del discurso sobre el que se fundaba. Entre ellas es importante mencionar la “pedagogía del oprimido” de Paulo Freire (1970); el nacimiento de la teología de la liberación durante la Conferencia Episcopal Latinoamericana celebrada en Medellín en 1964; y las críticas al “colonialismo intelectual” (Fals Borda, 1970) y la dependencia económica (Cardoso y Faletto, 1979) de finales de los sesenta y comienzos de los setenta. La crítica cultural más perceptiva del desarrollo corresponde a Illich (1969). Todas ellas fueron importantes para el enfoque discursivo de los años noventa. 3. Véase, además, Escobar (1998a)(…). “De acuerdo con Ivan Illich, el concepto que se conoce actualmente como „desarrollo‟ ha atravesado seis etapas de metamorfosis desde las postrimerías de la antigüedad. La percepción del extranjero como alguien que necesita ayuda ha tomado sucesivamente las formas del bárbaro, el pagano, el infiel, el salvaje, el „nativo‟ y el subdesarrollado” (Trinh, 1989:54). Véase Hirschman (1981:24) para una idea y un grupo de términos similares al anterior. Debería señalarse, sin embargo, que el término “subdesarrollado” —ligado desde cierta óptica a la igualdad y los prospectos de liberación a través del desarrollo— puede tomarse en parte como respuesta a las concepciones abiertamente más racistas del “primitivo” y el “salvaje”. En muchos contextos, sin embargo, el nuevo término no pudo corregir las connotaciones negativas implícitas en los calificativos anteriores. El “mito del nativo perezoso” (Alatas, 1977) sobrevive aún en muchos lugares…) Arturo Escobar en Antropología del desarrollo.
[2] Arturo Escobar, Antropología del desarrollo, óp. cit. p. 24 y 25.
[3] Arturo Escobar, Antropología del Desarrollo, óp. cit. P. 27.
[4]Arturo Escobar, Antropología del Desarrollo, óp. cit. P. 27.
[5]Eduardo Labarca, Chile invadido en línea en  http://www.socialismo-chileno.org/febrero/Biblioteca/UP/chile_invadido_1969.pdf, p. 251
[6] Escobar, ib. P. 28
Alejandro Diaz

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