LOS MARCHANTES A LAS TIERRAS DEL REYNO DE CHILE…a propósito de lenguaje, historia… y la historia como narrativa.

Alejandro Díaz

El padre de Joseph de Castro, deambulaba por las calles de Sevilla cuando se enteró que una tropa de andaluces recién llegados marchaba a Cádiz. Se embarcarían en el Nueva Leonor, que zarpaba con tropas de recambio para el Gobernador que asumía la Capitanía General del Reyno de Chile. Era el año 1670. Los trámites en la casa de Contratación fueron extrañamente expeditos y el enganche se completó a pocos días. Atrás quedaban sus días de labriego en la Sierras Morena y la casa de su padre derruida después de la represión de las fuerzas castellanas. Tenía 22 años y estaba solo.

El desembarco fue en Buenos Aires y la travesía por la Pampa fue un jolgorio y una preocupación intermitente. En el horizonte manchas lentas y pardas se desplazaban como nubes de colores variables. Miles de vacunos inundaban el campo y el primer descubrimiento en este nuevo mundo fue el olor de la carne asada en las hogueras de las noches. El rasgueo de una vihuela y los primeros encontrones con los indios marcaban un lento desplazamiento de la columna del Gobernador. Algunas noches, los disparos de arcabuz de la guardia espantaban a algunos indios, merodeadores. Algunos otros indios, se mostraban con miedo cuando anunciaban maloqueos.

Antes de la Villa de Mendoza, doblaron hacia el sur. Un breve parlamento y agasajos a los indios que les llamaban pehuenches. Ellos garantizaban la entrada a las Tierras de Chile por el paso del Planchon. Joseph de Castro, fue requerido como abastecedor de carne. Sus habilidades como arriero andaluz, le valieron el destacarse de entre la masa de sevillanos jornaleros sin oficio. Algunos corsos y sicilianos también fueron útiles en el acarreo de agua. La columna de 300 hombres se desplazaba con lentitud. En el sequito del Gobernador, marchaban algunas mujeres, que rodeaban a la principala. Se decía que todas eran parientes y que por eso marchaban como remedo de corte.

Dicen todos que hacia donde marchan hay una guerra con indios bárbaros. Algunos hablan que esas batallas son más feroces y crueles que las que se dieron en Italia o en Flandes y que aquellas que se dieron contra Soliman en las costas de Marruecos: eso dicen los que saben. Algunos ex tercios, unos cuantos, ya viejos de 30 años. Las noches son cada vez más frías y se da orden de apurar la marcha o las nieves de la gran cordillera pueden impedir el paso. Es el mes de marzo y el buen tiempo puede terminar en cualquier momento.

El encuentro fue en un charco que llamaban estero. El agua estaba siendo un problema. Y por ello, la columna zigzagueaba en dirección sur oeste buscando las aguadas. Era morena y por sus rasgos, seguro que era andalusí o mozárabe. Su cuerpo estaba inclinado llenado las vasijas y por su atuendo, estaba al servicio de la principala señora del Gobernador. Se siguieron viendo noche tras noche hasta que cruzaron la gran cordillera.

Antes de ingresar al paso, fueron detenidos por una partida de indios que venia a presentar sus respetos al gran gobernador. Tres largos días se tardaron todos los respetos. El gobernador recién designado, los recibió estoicamente sentado en las sillas de las monturas. Del otro lado, los ranqueles que estaban en alianza con los pehuenches, recibían con algazara cada uno de los regalos que el gobernador les presentaba.

Llegaron a Talca, cuando las lluvias comenzaban. Y en el mes de mayo, justo antes de la celebración de la Cruz de Mayo, pisaron las tierras de la villa de la Concepción e ingresaron el fuerte de Penco. Todos los habitantes los recibían con parabienes y el cansancio de la marcha se juntaba con deseos de dormir en un camastro como dios manda.

Josefina Bahamonde, que así se llamaba la criada del agua, ya se había juntado con el y de vez en cuando salían a caminar por la playa de estos nuevos mares del sur. A los pocos días fue destinado a un destacamento a reforzar el Fuerte de Buena Esperanza de Rere. Ahí estaba solo nuevamente. Era época de tifus y la comida era escasa. Así conoció a Rayen. Intercambiando una puntas de lanza por quínoa y charqui. Se quedó unas noches en la ruca y pronto, deambulaba por el fuerte, buscando material para conchabar. En el próximo verano nació su hijo y poco después el desertó y se fue a vivir en el lof, allá por las pampas de Tapihue. Más tarde se enteró que Josefina había dado a luz una niña. De oídas lo supo

Josefina era mora andalusí. Por lo menos así lo había escuchado de su bisabuelo. Decía que había huido de la rebelión de las Alpujarras, cuando era niño y cuando ya tenia edad, fue obligado a huir otra vez de Valencia. Junto a otros de su edad, se embarcó en Cádiz después de hacer atravesado la campiña andaluza. Desde esos tiempos Josefina lavaba las ropas los días viernes y sobre todo la blanca, que era escasa. Su nariz aguileña era observada con malicie por los mestizos con los cuales había convivido desde siempre en los campos de Mendoza de la Capitanía del Reyno de Chile. Así conoció a aquellos que marchaban hacia el otro lado de la cordillera. Hacia rato que estaba sola y las miradas y los encuentros en el agua la decidieron a marchar con el español. Su padre le dijo…te vas con un nazara o ¿es andalusí? No se padre…se que es gaucho y que quiere ser labrador y arriero el otro lado de la Sierra Nevada.

Así pudo haber comenzado una de las historias del bajo pueblo mestizo en Chile. Es el lenguaje de la historia y la historia del lenguaje.

Alejandro Diaz

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