MI VECINO CATALAN Y LA CUESTION MAPUCHE.

Alejandro Díaz

No…yo no sabia hacer una huerta…pero cuando me di cuenta que la olla familiar se volvía cada vez mas escuálida y cuando nuestros parientes de Santiago no contestaban la cartas de mi madre, me decidí a tomar la pala hoyera y acometer la picadura de la tierra del sitio familiar. Tenia 12 años creo…y mi mundo de niño pueblerino, se estaba interrumpiendo abruptamente. No, ya no había camisas nuevas y los zapatos se habían vueltos andrajosos. Fue un día de mañana de un sábado con escarchas, cuando comencé a enterrar la pala. ¿Qué iba a sembrar? …No lo sabia…papas quizás… o arvejas o unos tablones de zanahorias. Era temprano y los obreros de la lechera se dirigían a su trabajo. El pito sonaba a las ocho y el vapor de su ingenio se desparramaba por la ribera del río cruces y por las casas aledañas del pueblo.

Las manos estaban heladas y el primer nudo del mango de la pala hizo estragos en mi palma y ahí mismo se hizo la ampolla. Cambie la pala por el azadón y fue en ese momento que por la vereda pasó el vecino Catalán. Su estampa de inmenso mapuche se recortaba por entre medio de las murras del cerco y echándose la manta al hombro de medio costado, se me quedó mirando escrutadoramente: ¿Y? ¿Va a hacer huerta vecino? No…no había ni un signo de burla ni de chancería en la pregunta. Su mirada, me daba a entender que la tarea que yo emprendía revestía toda la seriedad del mundo. Yo me erguí al sentir la voz y me apoye en el azadón, tal como había visto hacer muchas veces a los vecinos campesinos de mi pueblo. La herida de la mano era ya un dolor y un pañuelo había colocado disimuladamente para que la sangre se trancara…

-Yo trabajo hasta las 2, vecino y cuando vuelva también comienzo mi huerta…ahí nos veremos… me dijo mientras emprendía de nuevo la marcha….se detuvo mas allá y alzando la voz me dijo…

-aquí le conviene sembrar habas vecino… ¿tiene?… ¿No? …vaya donde mi vieja y dígale que le convide…las echa a remojar y ya para mañana están listas para el surco.

De a poco fui avanzando. Ya la sangre no corría y el pañuelo estaba rojo y estaba duro de costras. Primero fui rodeando los duraznos y aquí y allá me encontraba con raíces que debía cortar. Tomaba el hacha y descargaba duro contra ellas y enseguida metía la pala. Así se fue haciendo el primer pedazo de labranza. Será cierto que aquí convienen las habas. Me preguntaba. Corre agua de la batea y acá se nota la tierra negra. Y esa tierra, dicen que es la mejor. El sol se había empinado por el cerro Chanlelfu, allá en la distancia, hacia el este, unos nubarrones bajos se desplazaban como rozando sus faldas. Allá habíamos tenido tierras. Pero ahora no quedaba nada. Lo mismo le había sucedido al vecino Catalán. Las de mi madre las había perdido por no saber trabajarlas. Porque en ese tiempo las mujeres no les picaban el traste a los bueyes. Sobre todo las que presumían ser de clase media. Y habían salido puras mujeres en la familia…eso decía la tradición familiar y todos asumían un aire contrito frente a tamaña maldición. El mate pasaba en esas ocasiones de recuerdo, de mano en mano, sin saludos ni ceremonias.

Yo tampoco tengo tierras vecino…pero a mi me fue muy diferente la cosa …me decía el vecino Catalán…no dijo nada más y agregó para justificar su presencia en su huerta a esa hora:

Nos largaron antes de la Lechera porque la maquina centrifugadora se averió y ahí tuvo que partir el alemán a arreglarle una pieza a Temuco. Así que todos para la casa…En fin…

No agregó nada más y por entre medio del cerco de los sitios, yo lo observaba como iba enterrando la pala en cada pedazo de tierra. La levantaba y la daba vuelta para romper el terrón. Una vez que éste caía al suelo se retorcía en decenas de pedazos. Algunas lombrices trataban de escabullir el filo cortante de la pala. Y el movimiento de su cuerpo, se abalanzaba de nuevo sobre la pala. Era una figura armoniosa y danzante. Yo seguía mirándolo, esperando la respuesta a la frase entrecortada. El sintiendo que yo esperaba, detuvo sus empeños y sacando un pañuelo se enjugó el sudor.

Fue en el 50…nos lanzaron ahí en Molul Pidenco…yo era un hueñi y poco me acuerdo… Los pacos destrozaron todo. Nos sacaron nuestras pobrezas y las tiraron al camino. Había llovizna me acuerdo…y lo único que yo hacia era tiritar….seria frío…no se…pero siempre hasta el día de hoy me acuerdo que tiritaba…después nos hicimos evangélicos en la Paz y después llegamos aquí…la iglesia nos acogió y siempre hemos caminado en el evangelio

Yo trate de imaginarme un lanzamiento. Años mas tarde sabría lo que era un allanamiento y lo que era una tortura… Pero un lanzamiento, en ese tiempo, era una cosa que no se hablaba en el pueblo. De repente rumores y nada más. Revolvía las habas para que se remojaran y se hincharan de fertilidad. Todas las que engordaban debían sembrarse. Las. otras… las que se quedaban secas y flacas…esas no…me decía el vecino Catalán… Cada uno avanzaba su labranza por su sitio. A veces, el se detenía mas de la cuenta y miraba de reojo, como dándome tiempo para que yo lo alcanzara, mientras él, ya casi estaba al final. Cerca del fondo, donde estaban las matas de alcachofas. El sol se estaba poniendo y a media tarde habíamos parado para un agua con harina…Al final del día, orgulloso, me eche las herramientas al hombro tal como el lo hacía y contemple los terrazgos de sembradío de tierra negra. Ese día sentí por primera vez la esperanza de que algo cuajara…

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Hoy día, cuando se debate acerca de las identidades y los pueblos originarios, siempre me acuerdo del vecino Catalán. Cuando salieron las habas y las papas impregnaron la cocina familiar de un suave olor a comida nueva, el vecino Catalán enarcó las cejas y me dijo ¿Y vecino como estuvo la cosecha?

Algunos se preguntaran ¿y esto que tiene que ver con la cuestión mapuche? Para mí, ese vecino Catalán siempre ha sido parte de la cuestión mapuche… y porque la huerta, ese año de los sesenta, la hicimos juntos, también es una cuestión de mestizaje.

Alejandro Diaz

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